La gente anda preguntando en qué trabaja el muchacho
Seguramente la venta (de los libros de AMLO) supera a la de las obras completas de la señora Joanne K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter.
Debo confesar que en dos elecciones presidenciales, a pesar de los argumentos de algunos amigos míos, me resistí a emitir mi voto por Andrés Manuel López Obrador para presidente de México. No hubo en mi decisión el menor asomo de animadversión personal. Me parece que don Andrés Manuel es una persona que incluso puede llegar a parecer simpática. No, mi convicción entonces, y hasta ayer, era que el señor carece del talento y los conocimientos necesarios para conducir a un país como el nuestro a salir de la miserable condición en que se encuentra.
Ahora creo que debo reconsiderar mi juicio, a la luz de las revelaciones hechas por sus correligionarios.
Durante muchos años, los mexicanos nos preguntamos lo que plantea la canción popular de mi tierra norteña: “La gente anda preguntando, en qué trabaja el muchacho”. Se requieren, ciertamente, recursos materiales muy por encima del nuevo salario mínimo para recorrer dos veces el país entero, así fuere a lomo de mula, y de llevar un estilo de vida suficientemente holgado, incluso para un integrante de la llamada clase media en proceso de extinción.
Finalmente, la dirigencia de Morena acaba de dar a conocer el origen de los fondos para la manutención de su indiscutido líder: percibe mensualmente 50 mil pesos por su cargo como presidente del Consejo Nacional de ese partido político.
No es la gran cosa; conozco mexicanos que ganan la mitad de esa suma y sobreviven, pero ellos viajan en el Metro y no en camionetas escoltadas. Ahora bien, como todos los buenos mexicanos, Andrés Manuel debe hacer declaración de impuestos cada año; esos 50 mil se reducen en consecuencia. Aun si fueren obsequio generoso de los militantes de su partido, en el régimen fiscal que nos agobia deben ser considerados como ingresos, y someterse a la ley del impuesto sobre la renta.
Pero aún hay más.
La pluma febril de nuestro personaje ha producido libros diversos, todos girando en torno a un tema recurrente: el fraude electoral cometido en contra del autor. Recupero algunos títulos: Tabasco, víctima de un fraude, de 1989; Un proyecto alternativo de nación, publicado en 2004; La mafia nos robó la Presidencia, de 2007; La mafia que se apoderó de México... y del 2012, de 2012, y del mismo año, No decir adiós a la esperanza. Según la dirigencia de Morena, las regalías que la venta de sus libros —dinero que también es objeto de impuestos— acompletan el dinero necesario para los gastos de Andrés Manuel. Yo no he adquirido ninguno de los títulos mencionados, pero seguramente su venta supera a la de las obras completas de la señora Joanne K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter.
Seguramente durante los años en que el señor López Obrador ejerció como gobernador de la capital de la República pudo ahorrar de sus emolumentos para los tiempos difíciles por venir; a sus 62 años no sé con certeza si tiene derecho a recibir, y si lo hace, el generoso fondo de apoyo a los adultos mayores, instituido precisamente por el Gobierno del Distrito Federal.
Pero aún hay más.
Dentro de las cuentas alegres de los grandes capitanes de Morena no se incluyen las aportaciones recogidas del señor Ahumada por un profesor, René Bejarano, aportaciones que siguen siendo hoy motivo de litigio, o los dineros nunca explicados con los que el señor Ponce jugaba en las mesas de Las Vegas.
Volviendo al tema: si Andrés Manuel tiene el genio financiero y administrativo para hacer rendir de esa manera los 50 mil pesos mensuales que le entregan sus seguidores y tiene el talento literario y promocional para que le llegue con regularidad un gordo cheque de regalías por la venta de sus libros, seguramente sería capaz de sacar al país de la crisis económica en que se encuentra.
Voy a repensar mi voto. Después de todo, para 2018 faltan tres años.
