Auf Wiedersehen

Habermas fue un continuador de la tradición de los grandes tratados, como Hegel

Era el final de los años 70. En México las ciencias sociales estaban dominadas por el pensamiento marxista. De hecho, se podía cruzar una licenciatura llevando como eje único la lectura de El Capital. Otro tipo de aproximaciones eran descalificadas por “burguesas”. Había raras avis, algunos maestros que impartían cursos centrados en otras corrientes. Mariclaire Acosta, una de ellas: Durkheim, Merton, Easton, Veblen. La influencia francesa, por fortuna, seguía presente en grandes mentores de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea, Gerardo Estrada y otros. Ellos nos acercaban a Raymond Aron, Alexis de Tocqueville o Sartre. Pero el marxismo predominaba. Era difícil ampliar los horizontes filosóficos.

La Revolución Cubana, Castro y el Che estaban vivos en los muros repletos de frases y sus perfiles. Eran considerados héroes permanentes e incuestionables. La pretensión de “pensamiento único” amenazaba. No se usaba esa expresión.

De pronto se empezó a hablar de la “Escuela de Fráncfort”. Se trataba de un grupo de pensadores, con inclinaciones muy diversas, a quienes nadie podía acusar de conservadores por su conocimiento profundo de Hegel, de Marx, de Freud y otros. Lejanos a la degradación estalinista, sus baterías se dirigían a la sociedad de consumo, a la enajenación de la era industrial, al autoritarismo, a la cultura homologadora. Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse, Walter Benjamin, el propio Erich Fromm, sus principales fundadores, descubrían dimensiones simplemente inalcanzables por el marxismo. El carácter interdisciplinario –filosofía, sociología, psicoanálisis, economía, estética– inyectaba una frescura que fracturó la asfixia marxista.

Por los pasillos de la FCPyS deambulaba José María Pérez Gay, un brillante filósofo, diría yo, aunque en sus orígenes estaba la comunicación, quien dominaba el alemán, conocía a estos autores y se mantenía al día de sus publicaciones y tesis. No había traducciones, eran muy escasas y con frecuencia muy malas, por eso el querido Chema conseguía las versiones originales, muchas de ellas en Suhrkamp Verlag. La llamada “Escuela” tenía, además, otro venero de fuerte coincidencia. Filósofos y también científicos de origen judío buscaron refugio fuera de Alemania. Marcuse pasó una gran parte de su vida y carrera profesional en Estados Unidos. Einstein se va a Princeton. Karl Popper escribiría en Nueva Zelanda su gran texto La sociedad abierta y sus enemigos contra el pensamiento único. ¿Qué bibliotecas habrá consultado para esa obra que se convirtió en un parteaguas para la filosofía occidental? Fue una diáspora que enriqueció al mundo.

A través de Chema, Herr Pérez, llegué a la obra de Jürgen Habermas. Sus tesis me marcaron. Para lograr los consensos de un verdadero acuerdo democrático, lo fundamental era profundizar en las formas de comunicación. Los principios universales sólo podían surgir de un diálogo verdadero. El conocimiento era un proceso social. El reconocimiento de la intersubjetividad era otro factor esencial. La obra de Habermas es muy compleja por varios motivos. El primero es que fue un continuador de la tradición de los grandes tratados, como Hegel. En segundo es la exigencia de alta abstracción. En tercero, su gran capacidad para elaborar nuevos conceptos. Ya lo decía Hegel, “el esfuerzo del concepto”. Byung-Chul Han, el popular ensayista coreano, es heredero de Fráncfort.

Habermas vino a México, tenía labio hendido y su pronunciación del inglés era muy cerrada. Chema hizo malabares para traducir su presentación, allá en la antigua Escuela de Medicina. Era fornido, un gran nadador. Solicité una beca al gobierno alemán y le presenté un proyecto para estudios de doctorado. Me aceptó como alumno. Pero la vida, esa chapucera, se interpuso y nunca pude irme.

Se dice rápido, pero Habermas expandió la filosofía y el pensamiento democrático. Se fue uno de los grandes.

Auf Wiedersehen.

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