Reforma electoral

El ‘gatopardismo’ o lo ‘ampedusiano’ es, en ciencias políticas, el ‘cambiar todo para que nada cambie’. Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Giuseppe Tomasi di Lampedusa 18961957. Las normas de una política tradicional se ...

El ‘gatopardismo’ o lo ‘ampedusiano’ es, en ciencias políticas, el ‘cambiar todo para que nada cambie’. Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957).

Las normas de una política tradicional se encontraban determinadas por la misma división del poder, marcada en el orden jurídico-constitucional, se respetaba la norma para lograr la obtención del poder de manera formal, vinculadas a la conducta política realizada dentro de la propia estructura. La aspiración era la de obtener un puesto de elección popular en el Ejecutivo o en el Legislativo, nunca en el Judicial.

A  partir del pasado régimen cambian las reglas políticas para crear una estructura política, legal y ejecutiva en un absolutismo bajo el cual el partido oficial centra, con estas reglas, todo el poder en el Ejecutivo, eliminando controles y contrapesos, como el caso de los órganos constitucionales autónomos y ahora con la anulación del INE, con la reforma electoral, la concentración del poder es absoluta.

La normalización de la violencia, la impunidad y la corrupción han sido las divisas de la supuesta transformación. La pacificación del país, un mito, la corrupción es una conducta normal de funcionarios y empleados públicos; aquellos que participaron en la reforma judicial (sic), hicieron de un juego perverso de normas, una feria del cinismo, incluida las decisiones de un tribunal electoral que de plano se burló, no sólo de los acordeones que privilegiaron a unos, en detrimento de una mayoría para ser elegidos juzgadores, sino con resoluciones que distan mucho de una real Iurisdictio y que avergüenzan la altísima encomienda de administrar justicia y aplicar la ley.

La brutal persecución del Poder Judicial no tuvo freno, la voz de la justicia fue minada y silenciada (salvo honrosas y dignas resoluciones), desmantelando las instituciones judiciales que transitarán en su peor momento. “La justicia se pausó por la injusticia misma”; qué paradoja, se desoyó no a una minoría legislativa, más grave aún, a una mayoría de ciudadanos que rechazaron la elección de marras.

Las viejas estructuras del poder y sus reglas del juego político han sido replicadas con las rúbricas: Cuarta Transformación o “no somos iguales”, pero como toda copia, resultan peores, más lesivas y con el propósito avieso  de desmantelar la incipiente democracia, que daba visos de cambio con la alternancia del poder en el amanecer del siglo XXI.

El partido oficialista cuenta con los factores de poder vinculados estrechamente a su funcionamiento, antaño: obrero, burócrata y  campesino; ahora su mayor sustento en la burocracia y el legislativo, más que la capacidad de sus integrantes, es la identificación, la lealtad y total apoyo, siempre sin contravenir las reglas del juego aparentemente complicadas en las que prevalece la corrupción y la disciplina a esas reglas por parte de los distintos actores políticos. Así “todo cambia, se transforma”, para que quede igual, en este caso con resultados mayormente destructivos.

En la teoría de Hans Kelsen, las minorías son protegidas dentro de la democracia, no sólo a través de mecanismos formales, sino también mediante la garantía de sus derechos fundamentales y la participación en el proceso político, estos principios han sido transformados y las minorías han sido reducidas, minimizadas, oprimidas y ahora en vías de su eliminación, según el proyecto de “reforma electoral”, proyecto de suyo destructivo contra los partidos de oposición, supuestamente para abatir gastos y terminar con la representación plurinominal.

La destrucción ahora es contra el  INE, disminuyendo sus facultades y teóricamente dándole el control de elecciones federales, estatales y consultas. Habrá sólo siete consejeros, por supuesto de Morena, la figurada batalla contra el nepotismo se pospone hasta 2030. Los daños a la democracia, inconmensurables y de muy difícil reparación. Gatopardismo en su máxima expresión.

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