¿Ya nos rendimos?

La sensación de vulnerabilidad, miedo y angustia, ese vértigo que no deja dormir, nos envuelve a los mexicanos. Vivimos en un estado de emergencia no declarado: el día transcurre entre asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones, violaciones, amenazas y ...

La sensación de vulnerabilidad, miedo y angustia, ese vértigo que no deja dormir, nos envuelve a los mexicanos. Vivimos en un estado de emergencia no declarado: el día transcurre entre asesinatos, desapariciones, secuestros, extorsiones, violaciones, amenazas y humillaciones.

Hay crisis de seguridad en todas sus formas: armada, física, económica y verbal, porque la violencia ya no es sólo un hecho aislado, sino un sistema.

El Estado —gobiernos, autoridades, instituciones— y la sociedad civil están siendo rebasados por esa ola que los delincuentes organizados transforman en cotidianidad.

¿Ya nos rendimos? ¿Nos acostumbramos? o, peor aún, ¿ya normalizamos que haya familias o comunidades enteras que viven del crimen y la violencia?

Los sexenios transcurren con muchas promesas, demagogia y sin resultados. Estamos iniciando el segundo año del segundo piso de la Cuarta Transformación y lo que vemos todos los días —sin tregua— son ataques violentos bien planeados por los grupos criminales en diversos estados de la República: asesinatos políticos, secuestros o desaparición de jóvenes, reclutamiento forzado de menores de edad, homicidios y episodios de “violencia cotidiana” de vecinos contra vecinos, de jóvenes contra jóvenes, que corroen el tejido social.

La descomposición social se manifiesta en todos los niveles y todos los días. Pienso en los seis secuestros de visitantes ocurridos en bares de Mazatlán, Sinaloa; como el caso de Carlos Emilio, el joven de 21 años desaparecido desde octubre, quien entró a un bar propiedad de un funcionario estatal para celebrar su cumpleaños y no volvió.

Su madre, Brenda Valenzuela Gil, hoy es un rostro público de la desesperación, marchando en el malecón y clamando justicia. Este caso, uno de miles, nos recuerda a las madres buscadoras y nos grita que ni siquiera un destino turístico es un lugar seguro.

Pero la violencia no sólo se esconde en el crimen organizado. También habita en la frustración que explota en la calle, en la banalización de la vida y el derecho ajeno. Vimos al hombre apodado El Custodio en Acolman, quien disparó contra sus vecinos por un lugar de estacionamiento, un suceso que revela cómo un conflicto vecinal termina en tragedia, por un sujeto que ni siquiera se cuestiona que matar es un delito.

O el caso de Carlota “N”, la mujer que disparó a quienes invadieron su casa, un acto que, si bien tiene tintes de legítima defensa, es síntoma de un Estado que ha fallado en garantizar el derecho a la propiedad. Y el empresario en Veracruz que saca una pistola y amenaza a sus vecinas por poner macetas en la calle. Son incidentes que demuestran que la irritación y la impunidad son la gasolina de la agresión.

Y la semilla de esta violencia se siembra desde la niñez, cuando vemos con preocupación reportes de niñas y niños golpeando a sus pares a la salida de la secundaria o el bachillerato, replicando los patrones de agresión que consumen en casa o en los contenidos violentos de moda.

La tragedia escala hasta involucrar a los más vulnerables. La noticia del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Alberto Manzo Rodríguez, a manos de un joven de tan sólo 17 años reclutado por grupos criminales, es un puñetazo al alma de la nación, porque aquí los niños y adolescentes son la carne de cañón del crimen organizado.

La semana que termina nos mostró con crudeza a mujeres que fueron víctimas y el rostro público de los diferentes tipos de violencia:

La violencia del acosador. La presidenta Claudia Sheinbaum fue víctima de acoso sexual mientras caminaba en la CDMX, un hecho que cuestionó, incluso, la fragilidad de su sistema de seguridad. Ese atentado a la dignidad visibiliza lo que millones de mexicanas enfrentan todos los días, en un país donde “si tocan a una nos tocan a todas”.

La agresión verbal y la misoginia en el ojo público. El caso de Fátima Bosch, Miss México, quien fue insultada públicamente y llamada “cabeza hueca” por un directivo de Miss Universe. A pesar de los ataques y la presión, la joven se mantuvo firme: “Nadie puede silenciar mi voz”. Una lección de resiliencia ante el machismo institucional.

Y no podemos olvidar a Grecia, la esposa del alcalde asesinado, quien se enfrenta ahora a la violencia de la ausencia y al dolor de la viudez forzada.

La respuesta a esta crisis está en reconstruir el tejido social desde la base, en devolver a la juventud la dignidad a través de oportunidades reales (no becas de clientela política), y en que el Estado deje de simular y asuma, por fin, la responsabilidad de ser un garante de la seguridad y de los derechos de sus ciudadanos. La normalización de la violencia es la rendición más peligrosa.

¿Estamos dispuestos a que la indiferencia sea nuestro epitafio como sociedad? La respuesta es un reto urgente para todos.

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