Tiempos de pandemia
¿Cuántos abrazos no has podido dar?, ¿cuántas despedidas has sentido incompletas?, ¿cuántos mensajes de aliento, de solidaridad o pésame has enviado por Whats o redes?Hace un año, cuando el 27 de febrero se confirmó el primer caso de covid19 en México un ...
¿Cuántos abrazos no has podido dar?, ¿cuántas despedidas has sentido incompletas?, ¿cuántos mensajes de aliento, de solidaridad o pésame has enviado por Whats o redes?
Hace un año, cuando el 27 de febrero se confirmó el primer caso de covid-19 en México (un ciudadano que había viajado a Italia y tenía síntomas leves), nuestras vidas tuvieron que someterse a un proceso forzoso y rápido de adaptación. En este tiempo hemos aprendido mucho de nuestros aciertos y errores.
Nuestras casas se convirtieron en salones de clase, en oficinas de trabajo, en fábricas de emprendedores, en salas de juntas, en hornos de pasteles y postres, en consultorios médicos, en diván de terapeuta, en set de televisión, en gimnasio, en ring de pelea y en espacios para el reproche o la reconciliación.
El confinamiento ha sacado lo mejor y peor de nosotros, nos ha puesto frente a un espejo para ver lo que somos y reconocer lo que ya no veíamos en nosotros ni en los miembros de nuestra familia. Nos mostró que somos vulnerables, que tenemos miedo, pero también valentía y coraje para caminar hacia adelante.
La mayoría de los que salimos a trabajar nos hemos acostumbrados a cubrir el rostro con uno o dos cubrebocas, con caretas de plástico o lentes, tenemos las manos secas y algunas veces con pequeñas erupciones rojizas por el exceso de jabón, alcohol en gel o desinfectante. En este año, con más de 185 mil muertos y más de 2 millones de contagiados, aprendimos que si no nos cuidamos podemos contagiarnos o morir.
Nuestros sentidos están más alertas. ¿Escuchan con claridad el frecuente sonido de las ambulancias? ¿Abren paso si ven a alguna?
Este tiempo ha sido agotador, hay quienes “vivimos” por catorcena. Contamos 14 días para ver si no tenemos algún síntoma y poder sentirnos “tranquilos” —son necesarias las comillas para la ironía—, después de saber que algún compañero de trabajo dio positivo o si fuiste al súper o recibiste al técnico de la lavadora o del internet, plomero o albañil en tu casa para alguna reparación urgente.
Nos hemos sentido frustrados y enojados cuando vemos las imágenes de las personas que no siguen los protocolos sanitarios, que organizan fiestas, que se aglomeran en las playas, centros comerciales, bares, chelerías o antros clandestinos. ¿Por qué tienen que esperar la muerte o llorar la de un ser querido para entender? ¿No les basta las imágenes de las miles de personas que están hospitalizadas, de aquellas que esperan una cama o un tanque de oxígeno, o que mueren en su auto, en la ambulancia o en la calle? ¿No les dice nada la saturación de los panteones y crematorios?
Nos llevó un año llegar a los escenarios más catastróficos de contagios y muertes. De las calles vacías de finales de marzo del año pasado (el 23 se decretó el cierre de escuelas y la suspensión de actividades no esenciales) pasamos a las calles, plazas comerciales y playas repletas de personas. Se bajó la guardia en diciembre, a pesar de que los festejos de mayo ya nos habían dado una lección.
El biólogo Antonio Lazcano, científico mexicano de la Universidad Nacional Autónoma de México —considerado uno de los cien investigadores más notables del país—, le dijo a mi compañera Patricia Rodríguez Calva:
“La sociedad parece no haber comprendido cuál era la responsabilidad individual y colectiva, lo que contrasta enormemente con los avances científicos que han permitido tener una vacuna en tiempo récord”.
La prudencia no ha estado muy presente este año. Todos queremos salir, anhelamos un día de campo, comer en un restaurante, ir al cine, reunirnos con la familia y amigos, pero aún no se puede o no en bola. Siento tristeza cuando veo los letreros que dicen: “¡Ya abrimos!” Y atrás se ve la cortina cerrada.
Y es que después de meses de semáforo rojo en todo el país, de perder fuentes de empleo (12 millones se perdieron en abril), de que se acabaran los ahorros y de cerrar negocios, la apertura era lo más deseado; en serio que yo podía sentir emoción en esos carteles que decían: “¡Ya abrimos!”, pero después había que cambiarlos por: “ya cerramos”.
Taty Soberón, vocalista de Bloody Benders y dueña de Gato Calavera, le contó a mi compañero Abraham Nava que en agosto cerró su local: “teníamos que pagar una renta muy alta, los ahorros comenzaron a consumirse, de repente el dueño del local nos dijo ‘páguenme la mitad, paguen lo que vayan pudiendo’, pero llegó un mes en donde dijimos ahora sí no tenemos ni un peso…
“Desmontar 10 años de trabajo fue bastante rudo, yo digo que ahorita Gato Calavera está dormidito y pronto va a resurgir… La unión hace la fuerza y me uní con la tienda de discos Venas Rotas y así surgió No somos nada Distro Café…”.
Un año y lo que nos falta…
Atendamos nuestra salud mental, el confinamiento nos protege del virus, pero le pone trampas a la mente y a las emociones. Hay que cuidarnos, querernos, protegernos, apapacharnos y ser fuertes, porque después de la vacuna toca reconstruir los sueños…
DM
Honores y agradecimiento al personal de salud, a todos aquellos que realizan una actividad esencial, a mis compañeros periodistas, fotógrafos, camarógrafos, editores, correctores, diseñadores, de la redacción, del archivo fotográfico, de talleres, imprenta, empaque y circulación. Solidaridad, abrazo y respeto para quienes perdieron a un ser querido o pasan por una situación familiar difícil. Habrá tiempos mejores.
