Silencio cómplice
Hay silencios que pesan más que cualquier grito, que duelen, enojan y se clavan en la conciencia colectiva y que, al paso de los años, terminan por convertirse en cómplices involuntarios o convenientes de tragedias que nos desbordan. Por eso, el encuentro reciente de la ...
Hay silencios que pesan más que cualquier grito, que duelen, enojan y se clavan en la conciencia colectiva y que, al paso de los años, terminan por convertirse en cómplices involuntarios —o convenientes— de tragedias que nos desbordan.
Por eso, el encuentro reciente de la Arquidiócesis Primada de México con las familias buscadoras no puede pasar inadvertido. Por primera vez, la Iglesia católica pidió perdón a los padres y madres buscadoras por haber callado demasiado tiempo.
Hay un peso moral incalculable en la palabra perdón, y su resonancia se vuelve estruendosa cuando proviene de una institución que ha guardado silencio por demasiado tiempo frente a una de las tragedias más lacerantes de nuestra era: las desapariciones.
La jerarquía católica se mantuvo lejos, casi ausente, mientras miles de familias caminaban solas, entre fosas, expedientes empolvados y autoridades indiferentes.
“Nos habían negado hasta las misas”, le dijo don Gustavo Hernández a mi compañero periodista Pascal Beltrán del Río, en su entrevista radiofónica del viernes, en la Primera Emisión de Imagen Radio. Y se lo reveló sin rencor, pero con la fuerza de quien carga una verdad dolorosa.
Gustavo es padre de Abraham, desaparecido desde 2024 en Escobedo, Nuevo León, y estuvo en ese encuentro con la Arquidiócesis. Lo contó después de escuchar a un obispo pedir perdón varias veces por ese silencio histórico. Y es que en esa reunión se reconoció lo que muchos sabíamos: la Iglesia también había sido cómplice silenciosa al no denunciar, al no exigir, al no acompañar.
“No somos partido de oposición… nuestra palabra profética debe estar al servicio de la verdad y la justicia, más allá de las agendas partidistas… no caigamos en la tentación de ser cómplices silenciosos de situaciones que tocan la dignidad humana”, admitió Francisco Javier Acero Pérez, obispo auxiliar de México, durante el encuentro del 20 de noviembre con los familiares de los ausentes.
Ese reconocimiento no resuelve la crisis, pero abre una puerta a la responsabilidad ética que tantas instituciones han evadido.
Pero cuestionar es obligado: ¿Por qué ahora? ¿Antes no les importó? ¿Qué costo tiene ese perdón tardío? ¿Qué peso tiene el mea culpa cuando cientos de colectivos, como lo hemos documentado extensamente en las páginas de Excélsior, han gritado hasta el cansancio, han cavado la tierra y han sido criminalizados, mientras la casa de Dios se mantenía en la conveniente penumbra?
Durante años, las familias han caminado solas. Fueron ellas quienes rascaron la tierra, literal, para encontrar a sus hijos; quienes aprendieron balística, criminología, derecho, cadena de custodia; quienes convirtieron el dolor en organización y resistencia.
Es una tragedia de décadas sostenida por un silencio conveniente: el de autoridades, corporaciones policiacas, instituciones religiosas y también el de una sociedad que decidió voltear la mirada.
Pensar en desapariciones no es hablar de cifras. Es hablar de valores, de una falla ética colectiva que nos debería cimbrar a todos, porque los responsables no son sólo los grupos criminales —aunque ellos carguen buena parte del horror—, están también policías corruptos, autoridades omisas, funcionarios burocráticos, parejas violentas, padres agresores. La desaparición es un crimen con múltiples rostros, todos igual de crueles.
Por eso, cuando don Gustavo pide que se les llame “ausentes”, no “desaparecidos”, no habla de semántica. Habla de humanidad. Habla de que no se les criminalice, no se les prejuzgue, no se les entierre dos veces: una en la ausencia y otra en el estigma.
La Iglesia católica no sólo pidió perdón, también exigió: “Dejemos de echar culpas al pasado… aprendamos a asumir el aquí y el ahora”, indicó Acero Pérez.
Un reclamo directo al gobierno actual, pero también a cualquier autoridad que crea que gobernar es administrar excusas, porque mientras los políticos discuten, las cifras crecen.
“No puedo odiar a nadie… Yo sólo quiero encontrar a mi hijo”, le dijo Gustavo a Pascal Beltrán del Río con una serenidad que desarma. Esa frase contiene la ética que a muchos funcionarios les falta. Esas palabras son un recordatorio de que los padres y madres buscadores no buscan culpables, buscan vidas. Y mientras ellos cargan palas, el país carga culpas.
La Iglesia habló tarde, pero habló. El gobierno sigue hablando, pero actúa poco o nada. La sociedad escucha, pero ¿cuándo va a actuar? En México, el verdadero milagro no será que la Iglesia pida perdón, se dará cuando dejemos de buscar ausentes.
