Reforma electoral, ¿ahora?

¿Es este el momento indicado para una reforma electoral? La pregunta no es retórica. Es, quizá, la más pertinente en un país que hoy camina sobre una cuerda floja, con el equilibrio político en entredicho, la seguridad nacional perforada por la violencia criminal y con una relación desafiante con Estados Unidos.

No hay certeza jurídica ni certeza política alrededor de la propuesta. Hay, en cambio, inconformidad abierta incluso entre los aliados de Morena: el Verde y el Partido del Trabajo, que ya advierten que cualquier respaldo requerirá negociaciones por separado con el gobierno federal. No es un detalle menor: revela fisuras en el bloque que sostiene al poder.

Una reforma de esta magnitud, planteada en este contexto, podría resultar contraproducente. En vez de fortalecer al gobierno podría debilitarlo y provocar un costo enorme al país, porque cuando se tocan las reglas del juego democrático sin consenso amplio, el riesgo no es sólo político: es institucional. Y cuando las instituciones se tambalean, el vacío lo llenan otros poderes, los fácticos, los que no pasan por las urnas ni respetan la ley.

Los sectores más radicales de Morena pueden alentar la idea del “ahora es cuando” con una reforma electoral a modo, pero no pueden ni deben ignorar el contexto.

La radiografía del país que ofrece México Evalúa es contundente. En nueve entidades —Sonora, Tamaulipas, Zacatecas, Estado de México, Quintana Roo, Tabasco, Guerrero, Michoacán y Guanajuato— los habitantes padecen los estragos de la disputa y el control territorial del CJNG. En Jalisco, su hegemonía es clara. En el noroeste, la violencia se explica por la guerra entre La Chapiza y La Mayiza, así como por la rivalidad de facciones del antiguo Cártel de Sinaloa con organizaciones criminales de Chihuahua. Es un conflicto que se expande, se fragmenta y se recrudece.

El Estado de México vive las secuelas de una guerra entre múltiples organizaciones: CJNG, Sinaloa, Unión, Anti Unión, Tren de Aragua, Peralvillo. Un mosaico criminal que convierte a la entidad más poblada del país en un tablero de ajedrez sangriento. En Puebla, el robo a transportistas es cotidiano, pero el fondo del problema es la disputa por el control del huachicol, una economía ilegal que financia armas, corrupción y muerte.

El reporte Violencia delictiva en los estados, enero-abril 2025 confirma los focos rojos. En el sureste, particularmente en Tabasco, los reacomodos violentos se deben a la guerra entre el CJNG y La Barredora. En el centro del país, incluida la Ciudad de México, organizaciones nacionales, regionales, locales y microlocales compiten por los mercados ilícitos. Extorsión, secuestro, cobro de piso, despojo, invasiones, feminicidios, asaltos, robos y narcomenudeo forman parte de la cotidianidad. Una realidad que las autoridades prefieren minimizar o, peor aún, normalizar.

A este escenario interno se suma la presión externa. Las declaraciones desafiantes del presidente de EU, Donald Trump, por la crisis de seguridad, el control del crimen organizado en amplias regiones y las relaciones con Cuba —específicamente por el envío de petróleo—, colocan a México en una posición incómoda.

Todo esto ocurre, además, en medio de la negociación del T-MEC y de relaciones diplomáticas tensas con algunas naciones de América Latina. El margen de maniobra es estrecho y el costo de los errores, altísimo. ¿De verdad es momento de abrir un frente más? ¿De tensar al sistema político con una reforma que no genera consenso y sí profundiza divisiones? El horno no está para bollos, ni para distractores.

El país necesita certidumbre, no sobresaltos. Necesita instituciones fuertes, no debilitadas por disputas internas. Necesita un gobierno concentrado en recuperar territorios, en reconstruir la seguridad, en recomponer la confianza.

Jugar con las reglas electorales en este contexto es como encender un cerillo en un polvorín. La democracia mexicana ha costado décadas de lucha y miles de vidas. Sacudirla sin un acuerdo amplio, sin escuchar a todos, sin leer el momento histórico, es una apuesta temeraria.

Y las apuestas temerarias, cuando se pierde, las paga toda la nación, porque hoy más que nunca, más vale no jugar con fuego. En el aire, el olor a pólvora ya es demasiado fuerte.