Involución
Siete días de vidas interrumpidas, de muerte y destrucción. El cese al fuego y el diálogo de paz son intenciones lejanas, cuando la prioridad es mostrar al más poderoso, al más radical, al mejor equipado con armamento bélico. No aprendemos, la apuesta de muchos ...
Siete días de vidas interrumpidas, de muerte y destrucción. El cese al fuego y el diálogo de paz son intenciones lejanas, cuando la prioridad es mostrar al más poderoso, al más radical, al mejor equipado con armamento bélico.
No aprendemos, la apuesta de muchos líderes es a la confrontación, al conflicto. No importa el terreno, sea electoral, político, religioso, geopolítico o social. Involución.
Israel y el grupo terrorista Hamas se atacan sin piedad. Más de 2,100 misiles han sido lanzados hacia Israel y la respuesta ha sido también la destrucción de más de 900 objetivos en el territorio enemigo, Gaza, incluido el edificio que albergaba las oficinas de las agencias de noticias AP y Al Jazeera.
Los ataques de Hamas —en los que se utilizan drones con explosivos y misiles de largo alcance— han alcanzado a la ciudad de Tel Aviv, a Beer Yaakov, en el centro del país, y a Eilat, en el sur.
Este nuevo episodio de un viejo conflicto ha dejado más de 145 muertos, la mayoría palestinos, entre ellos, 41 niños, 22 mujeres y más de 500 heridos. En Israel, hasta el momento, han perdido a 10 personas, incluyendo un soldado y dos niños.
La historia nos ha enseñado que las guerras representan enormes pérdidas económicas, sociales, políticas y se lastima a poblaciones enteras, se deja en la vulnerabilidad a las mujeres y menores de edad.
Con la Intifada de Al-Aqsa o Segunda Intifada (en el 2000), los programas para la integración de palestinos e israelíes en educación, salud, medio ambiente, agricultura e impulso a microempresas se suspendieron. Antes de ese enfrentamiento había 10,000 becarios palestinos en los centros educativos; estudiaban en Israel y luego regresaban a sus lugares de origen, pero todo se canceló por las hostilidades. Me dijo en entrevista el entonces coordinador de proyectos especiales para Medio Oriente y Procesos de Paz del ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, Alí Yahya.
Esa entrevista fue en el 2004, en febrero, cuando fui enviada a Tel Aviv y Jerusalén para hacer un reportaje sobre la construcción del muro entre Israel y Palestina. Habían pasado 4 años y las heridas y resentimientos de israelíes y palestinos seguían abiertas. La Intifada de Al-Aqsa empezó en septiembre de 2000 y terminó “oficialmente” el 24 de febrero de 2005.
En esa visita a conocí a Marc Luria, un ciudadano israelí quien en ese entonces encabezaba la asociación a favor de la construcción del muro que promovió Ariel Sharon; él, junto con otros civiles, organizaba visitas a la zona de Abu Dis y otras áreas colindantes con Belén en donde ya estaba colocado el muro.
Su misión era explicar las características y ventajas de los enormes bloques de concreto y de la malla de seguridad electrificada, porque estaba convencido de que era la única forma de parar los ataques palestinos. No fue así. Luria apoyaba la construcción del muro porque perdió a su hijo en un atentado terrorista.
En Jerusalén platiqué con Shadi Dajani, un árabe palestino quien, junto con su madre, obtuvo la residencia israelí, pero su padre y sus dos hermanos menores no tuvieron el permiso de residentes y su familia había sido separada por el muro. Eran víctimas del conflicto, como cientos de hogares que la guerra dividió.
Daniel Kutner, director de la división de asuntos palestinos y jordanos, me dijo en ese entonces que estaba lejos de retomarse el camino del diálogo entre ambas partes. Había una atmósfera de pesimismo de estancamiento, por eso Israel tomaba medidas unilaterales, como el muro, para defenderse de los ataques para proteger a su población civil.
Hoy, 18 años después, el escenario es el mismo y las consecuencias más letales y desgarradoras. De acuerdo con la información de AP —enviada el jueves, antes del ataque y destrucción de sus oficinas de prensa— turbas árabes e israelíes tomaban las calles, golpeando salvajemente a la gente e incendiando autos, y los vuelos al principal aeropuerto del país se habían cancelado o desviado.
Las últimas tres guerras entre Israel y Hamas (1987, 2000 y 2017) se limitaron en gran medida al empobrecido y bloqueado territorio palestino y a las comunidades israelíes fronterizas. Pero esta nueva ronda de combates que, como la Intifada de Al-Aqsa, comenzó en Jerusalén, se extiende y sacude a todo Israel.
La paz no se ve cercana y mientras se arman los ejércitos de la destrucción y muerte, la población se protege, se mete a los refugios, vive en los sótanos y se acostumbra al fuego y al sonido de las bombas. En Israel, en las comunidades fronterizas con la Franja de Gaza y en las regiones del Negev, Shfela, Sharon y Yarkon, las reuniones están restringidas a 10 personas en el exterior y 100 en el interior, las escuelas permanecerán cerradas y el trabajo sólo es permitido en lugares que tienen acceso a refugios antimisiles.
Del otro lado, Hamas pidió a los fieles que celebraran las oraciones comunales del Eid dentro de sus casas o en las mezquitas más próximas. Quedaron prohibidos los rezos al aire libre, como es la tradición.
La guerra se funde con la tragedia sanitaria de la pandemia. Hace apenas unas semanas, el sistema de salud de la Franja de Gaza enfrentaba con dificultades un aumento incontrolado de casos de covid-19. Las autoridades desalojaron quirófanos, suspendieron la atención médica no esencial y asignaron a los doctores a los pacientes con dificultad para respirar. Hoy, redistribuyen nuevamente camas de unidades de cuidados intensivos y maniobran a toda prisa para hacer frente a una crisis muy distinta: atender a heridos de explosiones y esquirlas, vendar cortaduras y efectuar amputaciones.
Involución.
