Histórico

A la profesora Conchita, con amor… Histórico. Así se ha definido el proceso electoral que hoy tiene su clímax en las urnas, porque una mujer será la próxima presidenta de este país, porque es la elección más numerosa con más de 20 mil candidatos, porque los ...

A la profesora Conchita, con amor…

Histórico. Así se ha definido el proceso electoral que hoy tiene su clímax en las urnas, porque una mujer será la próxima presidenta de este país, porque es la elección más numerosa —con más de 20 mil candidatos—, porque los ciudadanos llegamos divididos, polarizados, enfrentados, porque fue la más violenta y el crimen organizado se manifestó cínicamente.

Este domingo, los ciudadanos depositarán en las urnas algo más que papeletas electorales; en cada boleta se marcará el ánimo, la esperanza, el enojo o el anhelo de la continuidad o el cambio.

Esta noche y durante la madrugada no sólo se contarán votos, el escrutinio incluirá el ánimo, molestia, duda o temor que dejan los discursos de odio, la polarización y las amenazas.

La mujer que hoy logre la mayoría de los votos adquiere un compromiso mayúsculo con la nación. Tendrá la responsabilidad de sanar las heridas de una sociedad en encono, lastimada por la violencia, la inseguridad, la pobreza y por la indiferencia gubernamental. Le tocará recuperar la confianza de una ciudadanía que se sintió despreciada, burlada, atacada, que no fue escuchada o que le hicieron fraude.

La próxima presidenta, en su calidad de electa, habrá de trabajar por la unidad, la reconciliación y la paz, valores que darán certidumbre a la nación, y deberá  renunciar al encono y demostrar prudencia cuando algún poderoso o líder moral intente atizar la inconformidad que pudiera provocar el resultado electoral.

Contener el enojo, atender los problemas negados y diseñar políticas públicas que permitan el crecimiento económico, las inversiones, generación de empleo, garanticen seguridad y saquen del hoyo a los sistemas de salud y educativo del país.

Ambas candidatas estarán obligadas a tender puentes, a reconstruir la política y salvaguardar la democracia y sus instituciones, a dejar atrás los dos proyectos de gobierno, las dos visiones de país y las dos maneras de comunicarse con el pueblo de México mientras estaban en campaña.

Vayamos a votar y ojalá los jóvenes ejerzan ese derecho constitucional.

Como mexicanos estamos obligados a actuar con responsabilidad, a no caer en la trampa del encono y la polarización, a respetar la decisión de la mayoría. Y el Ejecutivo federal tendrá que hacer lo mismo, aceptar la voluntad popular y dejar que la presidenta electa ponga en marcha la operación cicatriz. México no aguantará seis años más divididos.

Como ciudadanos asumamos la responsabilidad que implica elegir a los ejecutores de las políticas y del erario público. Que no se nos olvide que gobernantes y legisladores están ahí por nuestra decisión, por nuestro voto, no por designio divino. Y se trata de mexicanos comunes y corrientes, no de divinidades ni de privilegiados que ascendieron a una posición de poder por derecho de sangre o por herencia de movimiento.

Aquellos que convocan acríticamente al voto nulo terminan haciendo el juego a esta nueva suerte de alquimistas, que basan su éxito en cálculos matemáticos sobre cuántas urnas podrán llenar a merced del clientelismo.

A finales de los años ochenta, cuando las pancartas con la exigencia de democracia tapizaban las calles, sabíamos que había poco margen de maniobra si el gobierno controlaba todo: el discurso, la narrativa, el dinero, los programas, etcétera. No había redes sociales ni otros mecanismos de participación espontánea, y generar participación política entrañaba riesgos mayores al de una respuesta agresiva en redes sociales. Al final, el sistema de partido, casi único, terminó resquebrajándose y abriendo la oferta a otras posibilidades. La alternancia, con todos sus inconvenientes y limitaciones, se convirtió en el mayor instrumento de control ciudadano ante las malas decisiones de los gobernantes.

Y hoy, a pesar de todo, lo sigue siendo. Y es más necesario reivindicarlo cuando la vena autoritaria parece haber sido sustituida por el cinismo. Cuando los políticos se sienten con las manos libres para cometer arbitrariedades, sabiendo que, a pesar de todo, seguirán ejerciendo influencia, ya sea porque ellos mismos siguen ocupando posiciones de poder o allegados suyos encabezan las listas de plurinominales.

Votemos en libertad y con conciencia. Nadie puede anticipar la voluntad ciudadana, a menos que la compre o la amenace. El rumbo del país lo decidimos nosotros, los ciudadanos. Empoderemos nuestro voto, recuperemos nuestra autoestima como electores sabios, comprometidos y honestos, en este proceso histórico.

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