Ayotzinapa
• En los últimos tres meses se han abierto 494 expedientes de búsqueda, 379 casos corresponden a desapariciones ocurridas antes de enero de este año y 115 son por ausencias registradas en lo que va del año.
“¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?”.
Esa pregunta estaba plasmada en la manta de uno de los contingentes que marcharon el jueves en la Ciudad de México para exigir justicia y verdad sobre el paradero de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, desaparecidos la noche del 26 de septiembre, hace cinco años.
¿Encono?, ¿sed de venganza?, ¿furia?, ¿indiferencia?, ¿más violencia? No lo sé. Esas respuestas las tiene que dar el Estado porque está obligado a garantizar la seguridad de los mexicanos y a hacer justicia.
No sólo nos faltan 43, en México están desaparecidos 40 mil 180 personas (según el informe que presentó en enero de este año Roberto Cabrera Alfaro, antes de renunciar a la Comisión Nacional de Búsqueda) y existen 36 mil 708 cuerpos sin identificar.
En esa manta se revela la deuda pendiente que las autoridades mexicanas tienen con los padres de los normalistas, con las madres y familias de los otros desaparecidos, los de Guerrero, Ciudad Juárez, Estado de México, Veracruz, etcétera. Nos deben a todos las respuestas.
La impunidad es el aliciente para la violencia, el delito, el crimen. Por eso, quienes se cubren el rostro pueden violentar el Estado de derecho y cometer todo tipo de atrocidades, desde dañar un monumento histórico, quemar librerías, vandalizar comercios, tomar casetas, hasta matar, secuestrar y desaparecer mexicanos.
Seguramente en estos momentos, mientras usted y yo reflexionamos, hay cientos de personas buscando a sus hijos, hijas, hermanos, primos, tíos o sobrinas por todo el territorio nacional. Y otros tantos están desenterrando restos humanos de fosas clandestinas, rogando que no sean sus familiares perdidos.
No exagero. Karla Quintana Osuna, titular de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas, dijo el pasado 24 de junio durante la conferencia matutina del presidente Andrés Manuel López Obrador, que en los últimos tres meses se han abierto 494 expedientes de búsqueda, 379 casos corresponden a desapariciones ocurridas antes de enero de este año y 115 son por ausencias registradas en lo que va del año.
De acuerdo con los datos proporcionados por la comisionada Quintana Osuna, en los estados de Sinaloa, Guerrero, Veracruz, Chihuahua, Colima y Zacatecas se ubicaron 207 lugares donde se encontraron una o varias fosas clandestinas.
De diciembre de 2018 a la tercera semana de junio de este año, las autoridades contabilizaron 426 fosas clandestinas, la mayoría, y en ese orden, en Veracruz, Colima, Sinaloa, Sonora, Guerrero y Chihuahua.
¿Sabe usted cuántos cuerpos se encontraron en esas 426 fosas? 551 cuerpos. Y en esas cifras no están incluidos los restos encontrados en 119 bolsas tiradas en un pozo ubicado en los alrededores del pueblo La Primavera en Zapopan, Jalisco. Ese hallazgo se hizo a principios de septiembre.
Y, lamentablemente, hay más cuerpos “sembrados” en nuestro país, que se van descubriendo mientras se busca a los 43 jóvenes desaparecidos en esa fatídica noche de Iguala. Por ejemplo, Alejandro Encinas, subsecretario de Gobernación, reveló que han extraído 180 cuerpos más de fosas clandestinas en Guerrero. Sólo se han podido identificar 44 y no son los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos.
Cuando escuché el dato de Encinas (dado a conocer como parte del informe que rindió a cinco años de la tragedia), fue inevitable no pensar en esa manta, en esa frase que es mucho más que un cuestionamiento, que revela dolor, impotencia y que reta a las autoridades a hacer justicia: “¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?”.
En esa frase, que se convierte en una afrenta para el Estado mexicano, se deposita la exigencia de los mexicanos: seguridad, justicia, paz.
La justicia no se alcanza con playeras ni discursos emotivos, no se decreta ni se logra creando percepciones. Esos padres de familia que buscan a sus hijos por todo el país y que no se cansan de caminarlo, de excavar y de hurgar en montañas, cerros, cuevas, terrenos y basureros, están esperando conocer el paradero de sus hijos, la explicación de qué pasó y por qué, y que los responsables paguen en prisión sus crímenes.
DM
Para no olvidar:
“Entre la mentira y la esperanza, cinco años luchando por la verdad y la justicia para los 43”, frase de Hilda Legideño Vargas, mamá de Jorge Antonio, desparecido la noche de Iguala.
“Queridos hijos, los llevamos en el corazón y no descansaremos hasta encontrarlos”, Hilda Hernández Rivera, mamá de César Manuel, estudiante normalista de Ayotzinapa.
