Espectáculo

La corrección política no ve con buenos ojos cuando las circunstancias unen los mundos de la farándula y la política.

El diccionario de la Real Academia define la palabra “farándula” en su primer lugar como “profesión y ambiente de los actores”, y una acepción más consigna el carácter despectivo que se le da en varios países de América Latina: “mundillo de la vida nocturna formado por figuras de los negocios, el deporte, la política y el espectáculo”. Aunque México no aparece entre las naciones que le confieren esa categoría inferior, es claro que aquí también se usa ese término con una connotación negativa.

Por esta razón, la corrección política no ve con buenos ojos cuando las circunstancias unen los mundos de la farándula y la política, aunque para mucha gente haya mucha más dignidad en la primera. Los llamados popularmente “artistas” (caracterización que objetarían los amantes de la alta cultura) no necesariamente adquieren prestigio cuando incursionan en la política: son varios los casos de quienes han fracasado en su intento de transferir su popularidad en votos para obtener un cargo público.

Y, a la inversa, un espectro de la opinión pública cuestiona con dureza cuando los políticos se asocian con integrantes del cine, la televisión o la música, al acusar que se corre el riesgo de frivolizar asuntos que por su naturaleza deben ser serios.

Como todo en la vida, la realidad está en el justo medio entre ambos extremos. Quienes honestamente se han dedicado a la legítima actividad del espectáculo deben obtener una justa retribución económica por un trabajo que es apreciado por millones de personas. Quienes viven de hacer reír y llorar sobre un escenario o frente a una cámara y un micrófono tienen derecho a que su labor goce de un prestigio social como el de cualquier otra profesión.

Y los políticos que en algún momento se asocien con figuras del medio artístico están obligados a mantener la formalidad que se espera de ellos como representantes populares o aspirantes a serlo. Conciliar ambas visiones es perfectamente posible si, como se diría en el argot, cada quien cumple el papel que le toca en la obra.

El martes de la semana pasada pudimos atestiguar un muy interesante episodio que involucró al medio artístico y a uno de los Poderes de la Unión, en el que la representación del mundo del espectáculo defendió con elocuencia su derecho a ganar bien y tener una vivienda digna.

Me refiero, por supuesto, a los intérpretes que acudieron al Senado de la República para recibir un reconocimiento de esa Cámara por su contribución a difundir la imagen y cultura de México en el mundo, y que aprovecharon la ocasión para pedir ayuda a los legisladores pues 90% de los artistas no subsisten de su trabajo ni tienen derecho a una pensión digna. “No sólo vivimos del aplauso”, es su lema de campaña.

Entre los homenajeados que asistieron hay nombres legendarios como José José, Armando Manzanero y Los hermanos Carrión, así como los que deben su celebridad a la televisión como Jacqueline Andere, Édgar Vivar y Xavier López Chabelo, figura recurrente en los memes de internet, que de alguna forma homenajean su larga trayectoria en la pantalla chica.

Silvia Pinal y Eric del Castillo, entre otras voces, fueron los encargados de hacer oír su pliego petitorio: dar prioridad presupuestal a la cultura y que se ratifique el Tratado de Pekín, que protege los derechos intelectuales de actores y cantantes, habida cuenta de que buena parte del gremio carece de prestaciones y seguridad social.

Considerando la profesión de los artistas reconocidos, no se esperaba que la sesión fuera un modelo de solemnidad republicana. Es claro que la ocasión se prestaba para un poco de sano chacoteo. Sin embargo, éste vino de los senadores, ellos sí obligados a cuidar las formas. Su propio presidente, Luis Miguel Barbosa, intentó bromear con Manuel El Loco Valdés, pero quien sí se voló la barda fue un correligionario suyo.

Resulta que, según el perredista chiapaneco Zoé Robledo, Chabelo hace un ejercicio de federalismo desde su programa dominical en el que saluda a “los cuates de provincia”. La crónica publicada en Excélsior por la reportera Leticia Robles de la Rosa narra cómo el senador recordó su niñez para elogiar cómo el comediante se salía de “la lógica centralista de nuestro país que muchas veces se reflejaba en la televisión”.

Si esta singular definición del federalismo la hubiera formulado de manera informal como un gesto de cortesía, se hubiera entendido. Pero creo no exagerar al quejarme de que no debió formularse así en la tribuna, que es por antonomasia el espacio de las definiciones y políticas que emanan del cuerpo legislativo. Al trivializarla así, terminó quitándole decoro a un acto en el que, paradójicamente, los histriones hicieron demandas serias y muy en serio.

Lamentablemente, este tipo de actos, quizá bienintencionados, terminan provocando lecturas suspicaces, tan acostumbrados como estamos a que los políticos busquen capitalizar la popularidad de estrellas televisivas y de cine para posicionarse entre sus electores, a unos meses de la cita con las urnas. ¿Habría sido la misma camaradería si los homenajeados hubieran sido artistas de otras disciplinas más críticos y menos complacientes con la clase política?

Insisto: los artistas no tienen la culpa. Ellos estuvieron en su papel y con tino aprovecharon el foro para difundir su situación. ¿Y los políticos? ¿De veras atenderán sus demandas o nomás se tomaron la foto?

Que la política recurra al espectáculo no es pretexto para la frivolidad. Ni en éste u otros casos en los que la semejanza, como dice la frase final de las películas, sea mera coincidencia.

                Twitter: @Fabiguarneros

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