Fascismo y populismo (II)

A un siglo de la Primera Guerra Mundial, la crisis de la modernidad sigue como causa profunda de los movimientos antisistémicos, que dan lugar al fascismo y al populismo, entre otras expresiones de ese carácter. No obstante, actualmente existen otras razones para el ...

A un siglo de la Primera Guerra Mundial, la crisis de la modernidad sigue como causa profunda de los movimientos antisistémicos, que dan lugar al fascismo y al populismo, entre otras expresiones de ese carácter. No obstante, actualmente existen otras razones para el encono general, algunas derivadas de la globalización (por ejemplo, la deslocalización industrial), y otras, resultado de la crisis de las democracias (el descrédito de los políticos y la corrupción), en un contexto de crisis o estancamiento económico, incremento de la pobreza y de la inseguridad o de la violencia.

El hartazgo hacia a la clase política (el Presidente, los diputados, etc.) es tan visceral que la gente se deja llevar por demagogos, cuya propuesta de “liberación o transformación” aparece cual varita mágica, pero el remedio resulta peor que la enfermedad. Así, la República Bolivariana de Hugo Chávez fue consecuencia de una grave crisis económica y social, y de la bancarrota del sistema bipartidista. Chávez fue visto como un “salvador”, que “regeneraría” Venezuela, aunque su “socialismo del siglo XXI” fue un castrismo oxigenado (estatista, autoritario y populista), y que hoy, bajo la dictadura de Maduro, arrastra al país andino a la peor de sus desgracias.

La sorpresiva victoria de Donald Trump, constituye el “ultraconservadurismo del siglo XXI”, una mezcolanza de nacional-populismo y fascismo. Pese a que Trump hizo todo para perder (una campaña desastrosa, dividir a su partido, etc.), su candidatura para 60 millones de blancos representó una revuelta contra el establishment político y la globalización (el libre comercio), los migrantes (mexicanos) y los musulmanes (“terroristas”), revelando otra característica del voto antisistémico: la prevalencia de lo irracional, la carga emotiva y los prejuicios (que suele no aparecer en las encuestas).

Este aspecto irracional es lo que verdaderamente preocupa: aun a sabiendas de las catástrofes que han provocado “mesías” (Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Chávez, etc.), la gente sigue apoyándolos, no sólo por mantenerse vivas las causas antisistémicas, sino porque resulta fácil extrapolar las situaciones de un país a otro.

Así, en México, después de la victoria de Trump, se dice que se ha fortalecido la candidatura de AMLO. De un modo general, nuestro país “califica” dentro de los causales que dan fuerza a los antisistémicos: la crisis de credibilidad en los políticos, las instituciones y los partidos, particularmente por la escandalosa corrupción y la impunidad. Todo ello, en un contexto de precario crecimiento económico, volatilidad cambiaria, aumento de la pobreza, la desigualdad, la inseguridad y la violencia del narco.

Este escenario propicia el éxito de algunas candidaturas independientes, y que falsos profetas como AMLO se sientan en la antesala del poder. Sin embargo, a diferencia de otros casos donde la bancarrota significó colapso, la crisis que vive México ha derivado en un proceso de transformación institucional y de actualización del modelo globalizador, cuya gradualidad en sus resultados genera natural malestar entre la ciudadanía. 

Así como los narcos están dispuestos a todo, con tal defender su negocio, los monopolios empresariales y sindicales, afectados por los cambios estructurales, luchan ferozmente por revertirlos, y por ello respaldan (por ejemplo, con amplia cobertura mediática) a AMLO, quien ya ofreció echarlos abajo, porque dichas reformas no encajan con su proyecto restaurador del estatismo, autoritario y populista.

ENTRETELONES

Los verdaderos golpistas han sido quienes acusan de ello al Ejército.

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