De género, acoso sexual y transporte colectivo

Separar mujeres de hombres en el transporte público tiene un tufo demagógico. Con el 2008 inició esta medida en el Distrito Federal bajo la premisa de defenderlas de la “violencia sexual” y por ello es que existen confinamientos sexistas en el Metro, en el Metrobús, ...

Separar mujeres de hombres en el transporte público tiene un tufo demagógico. Con el 2008 inició esta medida en el Distrito Federal bajo la premisa de defenderlas de la “violencia sexual” y por ello es que existen confinamientos sexistas en el Metro, en el Metrobús, en el tren ligero; y hasta autobuses exclusivos para mujeres.

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De ninguna manera niego que el acoso existe, pero resulta obtuso querer evitarlo solo en el transporte porque también se presenta en el trabajo, en las calles y banquetas, en las escuelas y prácticamente en todos los centros de reunión o entretenimiento.

Separar espacios para mujeres, a las que se junta con niños y adultos mayores o personas con discapacidad, parte de una premisa absurda y ofensiva: que las mujeres tienen una debilidad consustancial a su sexo y que los hombres no saben, no pueden y no quieren comportarse correctamente en los sistemas de transporte colectivo, sobre todo en las horas de mayor afluencia donde se requiere fuerza para entrar o salir del mismo.

Incluso, algunas aseguran que se sienten protegidas por los varones al viajar a su lado.

Sin embargo, al paso de los años y por otros indicadores existentes ha quedado demostrado que las mujeres pueden ser igual o peor de violentas que los hombres. No por otra cosa muchas de ellas prefieren viajar en las secciones de hombres argumentando que los espacios confinados las enfrentan a “mujeres agresivas, que avientan y golpean”.  Incluso, algunas aseguran que se sienten protegidas por los varones al viajar a su lado.

Pero hay más: separar mujeres de hombres en el transporte público también separa familias. Me ha tocado observar este tipo de situaciones en el Metro, en donde literalmente los hombres dejan a sus mujeres con los hijos pequeños para poderse trasladar al mismo destino, pero en un vagón distinto.

El ensayista Gilles Lipovetsky ha dejado saber que buscar detener el acoso sexual mediante intervenciones públicas, reglamentaciones, medidas represivas y hasta preventivas va “en detrimento del aprendizaje de una sociabilidad intersexual… (y)… se vuelve a la larga contra las mujeres”. Para el sociólogo francés es más importante, por todo ello, “valorizar una pedagogía de la autodefensa femenina”.

Sin duda el autor pone el dedo en la llaga cuando deja saber que tras la mujer víctima no es posible construir a la mujer afirmativa e irónica. Abuso de la paciencia del lector pero sigo con Lipovestky, porque tiene mucho sentido lo que advierte respecto al monopolio del humor en los hombres y la relación que ese recurso conserva en el manejo del acoso.

“No cabe hablar de libertad real sin el poder de imponerse, de defenderse, de burlarse e incluso de ridiculizar las actitudes machistas”. Lo femenino, insiste Lipovetsky, se desplegará mejor cuando este género sepa mostrarse socarrón en relación con la “superioridad” masculina.  

Su observación tiene sentido porque cualquier usuario de estos espacios confinados puede percatarse lo limitado de la medida, ya que no hay en ellos ni siquiera mensajes que profundicen el sentido de esta disposición y la liguen con las figuras jurídicas ya existentes tanto para denunciar al agresor como para que una mujer aprenda a defenderse sola.

La determinación de muchas mujeres para ser femeninas no va a desaparecer, ciertamente, como tampoco la construcción de las masculinidades y sus expresiones, por ello querer subsanar los excesos de control histórico del hombre sobre la mujer separándoles en el transporte público constituye una medida rupestre con dosis de misoginia.

¿No sería mejor resolver el problema de la aglomeración en el transporte con mayores unidades?

Y es que dentro de los vagones confinados para hombres también se presentan relaciones asimétricas entre este género, donde los grandes, fuertes y peleoneros avasallan a los demás.

¿No sería mejor resolver el problema de la aglomeración en el transporte con mayores unidades? ¿No sería mejor invertir en más camiones, vagones o trenes y agilizar los mecanismos de abordaje y descenso? Quien haya tenido la brillante idea de resolver las quejas por eso que se llama acaso sexual, ¿se habrá preguntado si en realidad el hostigamiento se debe a la saturación de usuarios en el transporte público?

La variable del sexo seguirá orientando nuestra existencia como hombres y mujeres. No cabe duda, cada uno con el rol de género que elija. Por ello en el diseño de las políticas públicas debe quedar claro que el problema no son los hombres y su “violencia”. Ni mucho menos las mujeres y su “fragilidad”. El problema es cultural, porque hemos aceptado una lógica de machismo y hembrismo que es necesario modificar, pero no separando hombres y mujeres en el transporte público. De eso sí estoy seguro.

Referencias

  • Lipovetsky, Gilles. “La Tercera mujer”, Ed. Anagrama, 2012, México.

@LuisManuelArell

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