La crisis silenciosa

Las mujeres también somos mayoría en la ideación y los intentos de suicidio. No es casualidad ni fragilidad inherente: es estructura.

Crystal Mendivil

Crystal Mendivil

Romper el techo de cristal

Te mudas. Dejas tu ciudad. Luego una relación de pareja; sí, ésa que creías definitiva. Apostaste por empezar de cero y ahora toca sobrevivir en “la gran ciudad”. Un día estás triste. Otro, cansada. Otro más, irritable. Duermes poco y aun así te levantas. Algo no encaja, pero sigues. Siempre te dijeron que la vida sigue, y tú obedeces.

Trabajas porque no hay opción. Produces porque es lo esperado, aunque el cuerpo y la mente envíen señales claras de agotamiento. Hasta que un día el cansancio se vuelve niebla y la tristeza deja de ser pasajera para instalarse como estado permanente. Buscar ayuda parece un acto responsable. La respuesta suele ser inmediata: una receta, pastillas de liberación prolongada, acompañadas de terapia psicológica y la promesa conjunta de volver a “funcionar”.

Pero hay mucho trabajo personal detrás de ese proceso. Saber cuándo llamar al psicólogo para una cita urgente, cuándo detenerse a respirar, cuándo entender que no todo el mundo sabe lo que es la empatía. Aprender a poner límites al “relájate, hay gente peor”, que sigue ahí, pero no puedes permitir que te atraviese.

Además, nadie advierte que la adaptación puede durar meses o años, ni que durante ese tiempo se espera que sigas siendo productiva, eficiente y agradecida. Que no te detengas. Con el tiempo, una se pregunta cómo logró levantarse cada día sin romperse del todo.

Esta experiencia no es individual ni excepcional. En México, la depresión tiene rostro de mujer. Los datos son contundentes, aunque especialistas señalan que los hombres tienden a negar o esconder los síntomas depresivos por miedo al rechazo o por la falsa idea de que deprimirse es signo de debilidad.

Durante 2025 se registraron más de 111 mil casos de depresión en mujeres, frente a casi 41 mil en hombres. También somos mayoría en la ideación y los intentos de suicidio. No es casualidad ni fragilidad inherente: es estructura.

SOBRECARGA, DESIGUALDAD Y SALUD MENTAL

Las mujeres vivimos una sobrecarga sistemática. Cuidamos, trabajamos, sostenemos. De acuerdo con cifras oficiales, dedicamos casi nueve horas más a la semana al trabajo de cuidados no remunerado que los hombres. Sumadas al empleo formal, nuestras jornadas superan las 64 horas semanales. El cuerpo pasa la factura; la mente, también. No es que no podamos con todo: es que no deberíamos poder.

La depresión impacta con mayor fuerza a las mujeres cuidadoras: muchas están divorciadas, viudas o separadas, sin redes de apoyo ni acceso real a servicios de salud mental. Aunque millones reportan sentirse deprimidas, apenas una de cada cinco recibe atención terapéutica. La brecha no es sólo de género; es económica, territorial y social.

Aun así, el discurso dominante insiste en individualizar el malestar. Se nos dice que es hormonal, emocional, química cerebral o falta de actitud, mientras se dejan de lado las condiciones que nos enferman: precariedad laboral, desigualdad salarial, dobles y triples jornadas, expectativas imposibles.

Que las mujeres seamos quienes más acudimos a los servicios de salud mental no es señal de debilidad, sino de conciencia. Nombrar el malestar es un acto político. Reconocer que la depresión no es una falla personal, sino una respuesta lógica a condiciones injustas, también lo es.

El Estado no ayuda. La salud mental no es prioridad: para 2026 hay un recorte de 2.5% al presupuesto destinado a este rubro, en un momento crítico marcado por el aumento de los casos de depresión tras la pandemia.

En el marco del Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, que se conmemora cada 13 de enero, ir más allá de la consigna es urgente. Hablar de salud mental implica exigir políticas públicas que garanticen atención psicológica y psiquiátrica digna, pero también que redistribuyan los cuidados y cuestionen un modelo de vida que nos enferma.