Tres conceptos para develar la farsa sionista: antijudaísmo, antisemitismo, antisionismo

PorFadlala Akabani Ante los recientes acontecimientos en Oriente Medio el genocidio en Gaza, la guerra entre Irán e Israel, el ataque del grupo terrorista ISIS, ahora en el poder en Siria, a la provincia de Sueida, el sionismo recurre nuevamente a su estrategia de ...

Por Fadlala Akabani

Ante los recientes acontecimientos en Oriente Medio —el genocidio en Gaza, la guerra entre Irán e Israel, el ataque del grupo terrorista ISIS, ahora en el poder en Siria, a la provincia de Sueida—, el sionismo recurre nuevamente a su estrategia de victimizarse y acusar a todo aquel que lo juzga de “antisemita” para, así, justificar sus atrocidades y el papel desestabilizador que ha desempeñado en la región desde su fundación, como una forma de retribución hacia quienes promovieron su creación: el imperialismo anglosajón. Si algún régimen desea dejar el dólar como moneda de intercambio global, automáticamente es sentenciado como terrorista y atacado en forma conjunta o separada por Israel, la OTAN o EU. Así ocurrió con Libia, Irak o con gobiernos no aliados, como Yemen, Siria o Afganistán. Por ello, hoy más que nunca es importante aclarar conceptos como antijudaísmo, antisemitismo y antisionismo, y que usted, amable lector, forje su propia opinión.

El antijudaísmo es el rechazo o persecución a quienes profesan la religión judía, esto puede ser por motivos religiosos, pero también políticos y económicos. El judaísmo es una religión monoteísta y la más antigua de las tres religiones abrahámicas (junto con el cristianismo y el islam). Se originó en Oriente Próximo hace más de 3,000 años y se centra en la creencia en un solo dios, Yahvé. El antisemitismo se refiere al rechazo o persecución de los semitas. Los semitas son un grupo étnico originario del Oriente Medio y del norte de África. El término antisemitismo fue creado y es utilizado ideológicamente por el movimiento sionista encabezado por europeos conversos a la religión judía para ligarse a Palestina y, con ello, justificar —por increíble que parezca— su “retorno” después de 2,000 años.

El antisionismo se refiere al rechazo político, en primera instancia, de la llegada a Palestina de comunidades de religión judía procedentes de diferentes partes del mundo. El sionismo es una ideología política surgida a finales del siglo XIX que busca la creación de un Estado independiente, cuya condición es que sus integrantes profesen la religión judía, es decir, es un Estado confesional. El 14 de mayo de 1948 se proclamó el “Estado de Israel” en Tel Aviv. Este evento se produjo tras el fin del Mandato Británico sobre Palestina y la aprobación previa de la ONU para dividir el territorio en dos Estados: uno judío y otro árabe. David Ben-Gurión, quien naciera en Polonia en 1886, leyó la “Declaración de Independencia” estableciendo así el nuevo Estado.

Existe, especialmente en el Occidente cristiano, la versión inverosímil a todas luces de que todos los que profesan la religión judía en el mundo conforman un solo pueblo, sin importar si étnicamente son árabes, etíopes, eslavos (rusos, ucranianos, etcétera), alemanes, argentinos o neoyorquinos, y que todos ellos son descendientes directos de los antiguos israelitas que habitaron Palestina, adaptando a su conveniencia el relato bíblico de su expulsión por los romanos.

Es decir, para el sionismo, la historia es lineal, no existe la mezcla étnica ni el sincretismo cultural ni el intercambio benéfico de costumbres. Ésta es la base de su consideración como pueblo puro, surgiendo de esta concepción su supremacismo y su racismo comprobados y evidentes. Habría que preguntarse: ¿por qué la práctica religiosa difiere ostensiblemente entre los árabes de religión judía y los de Europa del Este? Porque simplemente no son el mismo pueblo.

El sionismo es un movimiento contemporáneo, tiene sus raíces en el Este de Europa, no en Oriente Medio. Fue creado e impulsado con el apoyo político, económico y militar de la anglosfera, dando como resultado la creación del Estado de Israel como una entidad desestabilizadora vía invasiones, agresiones permanentes y el terrorismo, y que incluso utiliza a su propia población como carne de cañón para consolidar sus planes hegemónicos.

Prueba de ello es que en 1917, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido, mediante la Declaración de Balfour, se posiciona formalmente en favor del establecimiento de un “hogar nacional para el pueblo judío”. Imposible soslayar dos detalles fundamentales que contiene el documento. El primero, la misiva es un mensaje dirigido a Lionel Walter Rothschild, miembro de la rama británica de la poderosa familia de banqueros e impulsor del sionismo, al que se le da el tratamiento de Lord. El segundo y más importante, en la carta explicita y cínicamente se reconoce que ese territorio es Palestina.

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