(Sobre)vivir

Resulta desconcertante el argumento de quienes declaran que el paro del nueve de marzo que ha movilizado a miles de mujeres a lo largo y ancho de la República Mexicana exige, única y exclusivamente, el cese a la violencia feminicida

Por Sofía Sánchez Velasco*

La violencia de género en México es transversal y multifacética, arraigada hasta la médula y estrechada a través de los espacios públicos y privados cual cáncer metastásico. Lo sorprendente es que, por más alarmante que suene esa descripción, no termina por describir el verdadero calvario que viven las mujeres mexicanas en su cotidianidad. Este calvario emana de una serie de violencias machistas que se manifiestan en relaciones interpersonales, la vía pública, áreas de esparcimiento, espacios académicos, el mercado laboral… y culmina en nueve feminicidios al día (la mayoría de los cuales son cometidos por sus parejas [hombres] o por familiares varones), mismos que, por primera vez en nuestro país, han generado de todo (léase como logro) menos indiferencia.

Tomando en cuenta lo anterior, resulta desconcertante el argumento de quienes declaran que el paro del nueve de marzo que ha movilizado a miles de mujeres a lo largo y ancho de la República Mexicana exige, única y exclusivamente, el cese a la violencia feminicida. Bajo cualquier óptica, dicho argumento está sentado en evidencia que demuestra que, en efecto, nos enfrentamos a una crisis de feminicidios, misma que ha llegado a ser denominada un problema social y de salud pública (Doris Stella Tejeda, 2014. Feminicidios: un problema social y de salud pública).

En términos muy sencillos y bajo el argumento de algunos, lo que se exige es, exclusivamente, sobrevivir. Su acotación también visibiliza el privilegio de quienes creen que a las mujeres mexicanas nos basta con mantenernos vivas. Entonces, imaginemos que, al despertar el diez de marzo, cesaron los feminicidios y se logró el cometido. Atrevámonos a imaginar que sobrevivimos. Esto, sin duda, sería un gran alivio y un gran avance en términos de seguridad, pero, una vez que nos dejen de matar, ¿en qué México nos tocará (sobre)vivir?

La realidad es la siguiente: despertaremos en un país en el que el aborto es legal únicamente en dos de 32 (datos disponibles en el Grupo de Información en Reproducción Elegida, GIRE) entidades de la República; donde “las ricas se confiesan y las pobres se mueren” (Querétaro y Guanajuato sólo justifican penalmente el aborto por dos causas: (I) cuando el embarazo fue por una violación o (II) si la interrupción fue por una imprudencia culposa, es decir, sin intención). Despertaremos sin un sistema de cuidados, rodeadas de leyes basadas en el estereotipo de que las mujeres deben ser las cuidadoras, impidiendo así nuestra entrada al mercado laboral. Nuestro trabajo no remunerado seguirá representando el 23.5% del PIB (Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México (CSTNRHM), 2018, Inegi); el cual, si se tradujera a precios de mercado, representaría, aproximadamente, un quinto de la riqueza nacional (datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal). Nos seguiremos enfrentando a una brecha salarial que nos impide ganar lo mismo que los hombres por desempeñar los mismos trabajos. Seguiremos pagando un 16% de IVA por toallas sanitarias y tampones —productos de primera necesidad que sirven para gestionar un proceso no optativo que es la menstruación—. Nuestro acceso al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Conacyt seguirá siendo un tercio menor que el de los hombres (véase en: “Género y Ciencia”, Conacyt, Gobierno de México; y El Sistema Nacional de Investigadores en Números). Entre muchas otras cuestiones.

Ahora, para agravar los efectos del sistema patriarcal en el que vivimos, atravesemos todos los problemas enunciados anteriormente por un lente interseccional que toma en cuenta raza, educación, preferencia sexual, habilidad, edad, etnicidad, cultura, idioma y clase. A una mujer indígena, pobre, que a duras penas habla español, que tiene a su cargo las labores domésticas y el cuidado de tres hijos no se puede dar el lujo de exigir, únicamente, sobrevivir. No es feminismo si no es interseccional (Crenshaw, Kimberle, Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics, University of Chicago Legal Forum: Vol. 1989: Iss. 1, Article 8).

La ola feminista que nos trajo hasta aquí no se conforma con que sobrevivamos, ni con que se nos conceda acceso a espacios de poder sentados en bases patriarcales y neoliberales. Tampoco necesitamos aliados si estos permanecen reverentes al orden social que les otorga privilegios y les permite subordinar a la mitad de la población. Que quede claro que lo que se exige es un sistema robustecido, horizontal y democrático en el cual no se conceden “permisos”, sino en el que tenemos derechos que nos permiten vivir de una forma digna, equitativa y, sobre todo, libre.

Marchemos, paremos y no olvidemos que, a partir de la mañana del 10 de marzo, lo fundamental recaerá en marcar una agenda de política pública que deconstruya el sistema patriarcal que engendra la violencia y la desigualdad.

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