Una insurrección preanunciada

PorRobert Muggah* SAN PABLO. El asalto a las instituciones democráticas de Brasil este fin de semana no fue un “accidente”. Los complots conspirativos y los llamados a un golpe militar han circulado en las redes sociales de extrema derecha desde hace meses y, ...

Por Robert Muggah*

SAN PABLO.— El asalto a las instituciones democráticas de Brasil este fin de semana no fue un “accidente”. Los complots conspirativos y los llamados a un golpe militar han circulado en las redes sociales de extrema derecha desde hace meses y, como era de esperarse, se intensificaron después de que Luiz Inácio Lula da Silva derrotara a Jair Bolsonaro en la elección presidencial de octubre pasado.

La mayoría de quienes atacaron el Congreso Nacional, la Corte Suprema y el Palacio Presidencial eran aficionados amenazantes. Al igual que la mayoría de los insurgentes que atacó el Capitolio de Estados Unidos hace dos años, usaron la ocasión para destrozar oficinas y sacarse fotos. Este ataque violento constituye la amenaza más importante para la mayor democracia de América Latina desde el golpe de 1964 que dio lugar a dos décadas de dictadura militar.

La idea de los manifestantes de extrema derecha de que la elección de 2022 le fue “robada” a Bolsonaro no sorprende. Durante años, Bolsonaro, sus hijos y un puñado de asesores han alimentado a sus seguidores con una dieta de desinformación e información errónea.

Los paralelismos entre las protestas violentas de Brasil y la insurrección del 6 de enero de 2021 en EU tampoco son un accidente. Bolsonaro es un ferviente admirador del expresidente norteamericano Donald Trump y ha sido asesorado por excolaboradores del republicano como Steve Bannon y Jason Miller. Después de reunirse con Trump y sus colaboradores en noviembre, el hijo de Bolsonaro, Eduardo, difundió un video de Bannon pronunciando teorías conspirativas sobre el supuesto uso por parte de Lula de las máquinas de votación para robar la elección.

Al igual que Trump en 2020, Bolsonaro se negó a reconocer la elección. Él y sus hijos cuestionaron la validez del proceso, intentaron revertir los resultados en los tribunales, desafiaron la legitimidad del presidente electo e instaron a sus seguidores a tomar las calles. Algunos de los seguidores más devotos de Bolsonaro respondieron al llamado. La insurrección rápidamente se acalló después de que Lula decretara emergencia federal.

El restablecimiento del orden no implica que la democracia brasileña esté a salvo. Si bien la insurrección puede unificar a partes de la sociedad contra el extremismo radical, la actividad de las redes sociales ya sugiere que la polarización podría profundizarse en un país que ya está extremadamente dividido. Muchos militantes y simpatizantes de derecha se sentirán envalentonados por su ataque. Algunos de los que fueron trasladados a la cárcel serán considerados mártires y defensores heroicos de la libertad. Al catalogarlos de “terroristas” y “fascistas”, el gobierno y los medios tradicionales corren el riesgo de ganarse la antipatía de millones de seguidores más moderados de Bolsonaro.

La democracia nunca se puede dar por sentada. Los edificios, sede de los llamados “tres poderes”, que fueron saqueados este fin de semana fueron los mismos lugares donde se llevó a cabo un acto de asunción exultante hace apenas unos días. Las democracias empiezan a desmoronarse cuando grandes segmentos de la población pierden la fe en las instituciones y desconfían de las autoridades electas y de los funcionarios públicos. Y las redes sociales tienden a acelerar este proceso.

El gobierno de Lula enfrenta un desafío gigantesco. Investigar las protestas violentas y restablecer la fe en las instituciones democráticas será lo que dominará la agenda política, desviando la atención de los esfuerzos por abordar cuestiones sociales, económicas y ambientales urgentes. Un mal manejo de las consecuencias podría profundizar los sentimientos antidemocráticos. Como en EU, detener y encarcelar a los insurgentes es la parte fácil. Curar las divisiones que los motivaron será una tarea mucho más difícil.

*Cofundador del Instituto Igarapé y del Grupo SecDev, es miembro del Consejo Mundial Futuro sobre las Ciudades del Mañana del Foro Económico Mundial y asesor del Informe sobre Riesgos Globales.

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