Trump, populismo y aranceles: la ilusión de control
Por Roberto Albores Gleason*Una estrategia construida sobre símbolos de fuerza, errores conceptuales y riesgos globales invisibles.En X, @cremieuxrecueil compartió una analogía poderosa: si un niño tiene miopía, lo sensato es darle lentes, no alterar su ADN. ...
Por Roberto Albores Gleason*
- Una estrategia construida sobre símbolos de fuerza, errores conceptuales y riesgos globales invisibles.
En X, @cremieuxrecueil compartió una analogía poderosa: si un niño tiene miopía, lo sensato es darle lentes, no alterar su ADN. Contrario a esto, Trump ignora soluciones prácticas para la economía estadunidense y ataca lo que llama la causa raíz: el déficit comercial.
El 2 de abril, Trump impuso aranceles masivos declarándolo “Día de la Liberación”. Su objetivo: reducir el déficit comercial con varios países, especialmente con China. Curiosamente, esta estrategia replica un error típico de inteligencias artificiales como ChatGPT-4o y Gemini: asumir que los déficits se corrigen con aranceles. El referente en IA Rohit identificó esta coincidencia. Si esto deriva en recesión, sería la primera influenciada —directa o indirectamente— por una IA.
El golpe a los mercados fue inmediato. El S&P 500 cayó 12% en sólo dos días (3-4 abril). La pausa de 90 días anunciada el 9 de abril generó un rebote de 9.5%, pero al día siguiente las bolsas cayeron 3.5 por ciento. Desde enero, los mercados registran caídas históricas: Nasdaq -17.03% y S&P 500 -11.91 por ciento. La volatilidad se ha convertido en regla, la confianza se ha pulverizado y el daño ya es estructural, no sólo coyuntural.
Ante este colapso, Trump retrocede pero no cede: anuncia la pausa, pero mantiene la amenaza. Un ajuste táctico, no estructural.
Paul Krugman, Nobel de Economía, la llamó “maligna estupidez”. No ve política comercial seria, sino simbolismo sin sustento técnico ni dirección. Lo más grave: la erosión de confianza en Estados Unidos como socio económico global. Joseph Stiglitz, también Nobel, señala que Trump opera sin fundamento económico alguno.
Ve los déficits como injusticias, ignorando que la economía moderna descansa en servicios (turismo, educación, salud), sectores ya perjudicados por sus políticas migratorias. Stiglitz sentencia:
“La idea de volver a 1950 no sólo es falsa. Es peligrosa”.
Por ejemplo, en 2023, los servicios educativos generaron más ingresos a Estados Unidos que gas natural y carbón combinados. Los 1.1 millones de estudiantes internacionales aportaron 43 mil millones de dólares, impulsando investigación e innovación, donde más de la mitad de las startups exitosas surgieron de exalumnos extranjeros.
Ricardo Hausmann, de Harvard, advierte que Trump combate en el frente equivocado.
Con un déficit de bienes de 1.2 billones de dólares en 2024, el verdadero poder estadunidense radica en sus activos invisibles: servicios avanzados, propiedad intelectual, IA e inversiones globales, valorados en 16.4 trillones de dólares. Si otros países toman represalias contra estos activos, el daño sería catastrófico.
Jeffrey Sachs añade una crítica de fondo: el déficit no es culpa externa, sino del desbalance interno estadunidense, que consume más de lo que produce.
Lo resume irónicamente:
“Sería absurdo culpar a las tiendas por venderte cosas cuando tú decides endeudarte”.
Para Sachs, Trump usa este desajuste como pretexto para imponer medidas unilaterales. No es política económica: es autoritarismo institucionalizado.
Robert Lawrence, también de Harvard, advierte que los aranceles no revitalizarán la manufactura ni salvarán empleos. Con sólo 8% de estadunidenses en este sector, incluso eliminando el déficit el impacto sería mínimo. Además, pueden fortalecer el dólar, encarecer exportaciones y erosionar su estatus de moneda global.
Lawrence, tajante, lo resume:
“Es mala economía, nostalgia peligrosa y alto riesgo geopolítico”. Además, advierte: “El viejo debate era si desvincular a Occidente de China. El nuevo es si el resto del mundo realmente necesita a Estados Unidos”.
La lógica de los aranceles trumpistas no sólo es errónea: es esencialmente populista. Como explica Jan-Werner Müller, el populismo simplifica la política a un enfrentamiento entre “trabajadores americanos buenos y extranjeros abusivos”.
Para Trump, la destrucción simboliza fuerza y el caos reafirma poder. Silva-Herzog Márquez lo explica: los aranceles no son política económica, sino teatro autoritario. No protegen empleos, sino —en sus palabras— “el alma de la nación”, aunque implique destruir el sistema multilateral que forjó la prosperidad estadunidense.
Para México, las consecuencias son inmediatas. A pesar de que la presidenta Sheinbaum gestiona con firmeza y brillantez la relación bilateral e impulsa el Plan México como contrapeso, los aranceles ya afectan nuestra economía, mientras la incertidumbre socava expectativas y erosiona la confianza regional.
La presión económica sigue escalando. Con mercados en caída y oro en máximos, Trump intensifica ataques contra el presidente de la Reserva Federal debilitando la confianza global. Como advierte Summers:
“Cuando bolsas, bonos y dólar caen simultáneamente —mientras el oro se dispara—, no hay sólo turbulencia, sino fuga masiva de capital”.
Un patrón antes exclusivo de economías emergentes ahora golpea a Estados Unidos. La estabilidad seguirá ausente mientras prevalezca el populismo económico que socava instituciones y debilita el Estado de derecho.
Frente a este escenario, lo que salva es la claridad de visión. Como lentes que corrigen sin alterar el ADN, la política requiere soluciones tangibles, no gestos vacíos. Cuando la miopía se convierte en doctrina, el peligro no es la visión borrosa: es estrellarse contra la historia.
*Diputado federal por Chiapas (PT). Economista y politólogo por el ITAM, con maestría en administración pública por Harvard y en desarrollo y políticas internacionales por la Universidad de Chicago
