¿Le espera a Ucrania una guerra salvaje de partición?
Por Nina L. Khrushcheva A diferencia de su primer mandato en la Casa Blanca, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, parece decidido a cumplir muchas de sus promesas electorales. Los nombramientos de su gabinete desde Tulsi Gabbard, afín al Kremlin, como ...
Por Nina L. Khrushcheva
A diferencia de su primer mandato en la Casa Blanca, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, parece decidido a cumplir muchas de sus promesas electorales. Los nombramientos de su gabinete —desde Tulsi Gabbard, afín al Kremlin, como directora de Inteligencia Nacional, hasta el escéptico de las vacunas y amante de las conspiraciones Robert F. Kennedy Jr., como secretario de Salud y Servicios Humanos— confirman el compromiso de Trump con una campaña de tierra quemada contra las instituciones estadunidenses y los percibidos “enemigos internos”. Y su discurso de victoria sugiere que se toma en serio lo de “poner fin a las guerras”
—empezando por la de Ucrania–.
Trump lleva mucho tiempo afirmando que pondría fin a la guerra de Ucrania en las 24 horas siguientes a su asunción. Se ha especulado mucho sobre el acuerdo que tiene en mente, y todos los escenarios tienen algo en común: el desmembramiento de Ucrania. Pocos acontecimientos crean una enemistad tan duradera; pocos han causado una violencia más devastadora. Las tres particiones de Polonia que tuvieron lugar a fines del siglo XVIII son, quizás, el paralelismo más cercano de Europa a la visión de Trump sobre Ucrania. A partir de 1772, la monarquía austríaca de los Habsburgo, el Reino de Prusia y el Imperio Ruso se apoderaron de territorio y lo anexaron, dividiéndose entre ellos las tierras polacas y borrando lo que había sido el estado más grande de Europa por masa terrestre.
Ante semejante sometimiento, la resistencia violenta es casi inevitable. Los polacos llevaron a cabo campañas de guerrilla periódicas durante la ocupación, con levantamientos importantes en 1831 y 1863. La resistencia continuó hasta bien entrado el siglo XX, encabezada por las campañas independentistas de Jozéf Piłsudski —salpicadas por actos de terror— antes de la Primera Guerra Mundial. La enemistad con Rusia, en particular, perdura hasta el día de hoy, y el Kremlin debe responder por la violencia de la época de Stalin contra el pueblo polaco.
Del mismo modo, la decisión británica de dividir Irlanda, manteniendo la provincia septentrional del Ulster como parte del Reino Unido, incitó a una guerra civil entre quienes estaban dispuestos a ceder Irlanda del Norte, liderados por
Michael Collins, y quienes rechazaban cualquier tratado que no concediera a Irlanda la independencia total. Aquella guerra de paz salvaje duró solo dos años, pero dejó un legado de terror que terminó con el Acuerdo de Viernes Santo, negociado por Estados Unidos, en 1998.
Sin embargo, en términos de vidas perdidas directamente por una partición, nada puede compararse a la división del subcontinente indio en 1947, tras la retirada de los británicos, en India, de mayoría hindú, y Pakistán, de mayoría musulmana. En la lucha por su integridad territorial desde febrero de 2022, los ucranianos han demostrado valor y dinamismo, cualidades que, sin duda, pondrán en práctica para reconstruir su país. Pero, dada la magnitud de las pérdidas humanas y económicas que han sufrido, será difícil que se sometan en silencio a la idea de la partición.
Será especialmente difícil dado que el presidente ruso, Vladimir Putin, no ha ocultado su visión de que Ucrania no es sólo un “país vecino”, sino que “la Ucrania moderna fue creada enteramente por Rusia” y, por tanto, sólo debe existir bajo el paraguas ruso.
En cualquier negociación de paz posible en el futuro, los ucranianos saben que la mejor oportunidad para evitar una mayor interferencia rusa es a través de férreas garantías internacionales de seguridad —si no la adhesión inmediata a la OTAN—. Trump parece detestar los actuales compromisos de seguridad de Estados Unidos, pero que este país no ofrezca tales garantías también puede resultar perjudicial para Rusia.
Putin subió al poder tras una guerra devastadora y una insurgencia prolongada en la república rusa de Chechenia, que incluyó atentados terroristas de los separatistas chechenos en Moscú y otras ciudades rusas. Ya en 2022, los ucranianos prometieron una guerra de guerrillas contra Rusia. Sin otras opciones, ese riesgo no hará sino aumentar. Trump debería tratar de persuadir al Kremlin de la necesidad de negociaciones justas; de lo contrario, el terrorismo posterior a la partición puede llegar a Rusia, posiblemente a una escala mayor de la que los chechenos alguna vez imaginaron.
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