El verano perdido del populismo
Por: JanWerner Müeller* Remontémonos a finales de junio y principios de julio: la extrema derecha era la favorita en las elecciones parlamentarias anticipadas; los jueces trumpistas en Estados Unidos estaban, convenientemente, abocados a solucionar las tribulaciones ...
Por: Jan-Werner Müeller*
Remontémonos a finales de junio y principios de julio: la extrema derecha era la favorita en las elecciones parlamentarias anticipadas; los jueces trumpistas en Estados Unidos estaban, convenientemente, abocados a solucionar las tribulaciones del expresidente, que parecía deslizarse cómodamente hacia la victoria tras el desastroso desempeño del presidente Joe Biden, y mientras asumían los laboristas en Gran Bretaña, un nuevo partido antiinmigración, liderado por el impulsor de la Brexit, Nigel Farage, había logrado avances sin precedentes. Frente a todo eso, los expertos advertían que una oleada de furia populista antioficialista se abatía sobre las democracias de todo el mundo.
Desde entonces, nuevos motivos para la esperanza política debieran haber atemperado las funestas perspectivas lanzadas por el comentariado: no sólo hay poca evidencia de una ola populista —una metáfora que conjura imágenes del inevitable ascenso al poder de partidos de extrema derecha en muchos países—, sino que las experiencias recientes sugieren estrategias factibles para contrarrestar esas fuerzas.
Una de las lecciones puede sonar a perogrullada: todos los partidos que valoran la democracia deben unirse para enfrentar a las amenazas antidemocráticas. Los partidos de izquierda formaron el Nuevo Frente Popular, evocando memorias de la lucha contra el fascismo de la década de 1930, cuando el líder socialista Léon Blum encabezó una coalición de comunistas, socialistas y liberales para defender a la República.
Una segunda lección llega de Estados Unidos donde pocos anticipaban el entusiasmo y júbilo con que los nuevos candidatos demócratas serían recibidos. La actual vicepresidenta Kamala Harris se presentó con maestría como representante del cambio, en oposición tanto a Donald Trump como al presidente en ejercicio, Biden; y su candidato a vicepresidente, Tim Walz deleitó a muchos con comentarios sobre los candidatos republicanos, especialmente cuando llamó “raros” al vicepresidente propuesto por Trump, J.D. Vance. Finalmente, los demócratas están usando el tipo de retórica dura que siempre utilizó la derecha.
Por supuesto, quienes se consideran centristas y preconizan el diálogo civilizado están menos contentos; les recuerdan a los demócratas que los comentarios de Hillary Clinton sobre los deplorables le jugaron en contra en la campaña de 2016. Sin embargo, se equivocan quienes condenan la calificación de “raro” tildándola de insulto infantil; en la lucha contra el populismo de extrema derecha, ese epíteto particular puede resultar especialmente eficaz. Después de todo, cuando afirman hablar en nombre de “la gente real” o la “mayoría silenciosa” los populistas de extrema derecha se están mostrando como representantes de la normalidad. En Alemania, uno de los eslóganes del partido de extrema derecha Alternative für Deutschland es: Alemania, pero normal.
Los antipopulistas deben concentrar sus ataques retóricos en los líderes populistas, más que en sus partidarios. Vance es “raro” porque está obsesionado con controlar los cuerpos de las mujeres y castigar a quienes no tienen hijos. Los populistas de extrema derecha que afirman representar a la mayoría silenciosa representan, de hecho, a una minoría ruidosa. Eso no tiene nada de malo, muchos movimientos progresistas comenzaron de ese modo; pero los movimientos que pretenden hablar por la mayoría mientras vilipendian a todos los demás constituyen una amenaza para la democracia.
Los antipopulistas debieran reconocer que las mayorías, de hecho, no apoyan a las fuerzas populistas de extrema derecha; las primeras semanas del gobierno laborista en el poder confirmaron este saludable saber: el país sufrió los peores disturbios en más de una década cuando la desinformación alimentó la violencia racista. Es cierto, el argumento del “¡somos más!” —eslogan acuñado por manifestantes antipopulistas alemanes— tiene sus límites. Aunque la derecha afirma falsamente que es dueña del monopolio de la normalidad, la verdad es que los partidos de extrema derecha están siendo normalizados a medida que más políticos de centroderecha copian su retórica o forman coaliciones con ellos.
A quienes recorren las calles haciendo campaña por Harris les preguntarán qué es lo que verdaderamente propone, más allá de ofrecerse como alternativa a lo raro de Trump-Vance. La pregunta es legítima y los antipopulistas deberán ofrecer una buena respuesta.
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*Profesor de Política de la Universidad de Princeton
