Davos después de la globalización
DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL

columnista invitado global
AMOS OLVERA PALOMINO
Durante décadas, Davos funcionó como el espacio donde se articulaba el lenguaje dominante del orden internacional. No tanto un foro de decisión como el lugar en el que se legitimaban las categorías con las que se interpretaba el mundo: globalización, interdependencia, gobernanza y reglas comunes. Ese lenguaje fue eficaz mientras coincidió con una correlación de poder específica. Hoy, esa correspondencia comienza a resquebrajarse.
El consenso globalista que Davos ayudó a consolidar no nació de la arquitectura de la posguerra de 1945, sino del orden configurado tras 1991, con el colapso de la Unión Soviética y el momento unipolar de Estados Unidos. La globalización operó entonces no solo como un modelo económico, sino como una lógica de poder que dio coherencia a ese periodo: apertura de mercados, libre circulación de capitales y una progresiva subordinación de la soberanía estatal a mecanismos supranacionales. Mientras la hegemonía estadounidense sostuvo los costos estratégicos de ese orden, el sistema funcionó.
Ese contexto ha desaparecido.
El Foro Económico Mundial enfrenta hoy una crisis que no es de legitimidad simbólica, sino de relevancia estructural. El orden que representaba descansaba en tres pilares: la primacía económica y militar de Estados Unidos, la centralidad del dólar como moneda de reserva y la ausencia de bloques alternativos cohesionados. A medida que esos pilares se erosionan, el lenguaje de Davos persiste, pero ya no organiza la conducta de los actores centrales del sistema internacional.
El punto de quiebre reciente no provino del estilo confrontacional de Donald Trump, sino del cuestionamiento explícito del modelo. El discurso del secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, marcó ese momento al afirmar sin ambigüedades que la globalización había fracasado como proyecto político. No se trató de una intervención ideológica, sino técnica. Precisamente por eso resultó especialmente disruptiva en un foro acostumbrado a tratar la globalización como un proceso inevitable.
Más allá de la retórica, el argumento apuntó a una realidad incómoda: el orden económico posterior a 1991 generó beneficios significativos para el capital transnacional, pero debilitó la base productiva, social y estratégica de las economías avanzadas, incluido Estados Unidos. Durante años, ese desequilibrio fue absorbido bajo el paraguas de la hegemonía estadounidense. Hoy, Estados Unidos parece reorientar su estrategia, tras décadas de sostener un sistema cuyos beneficios y costos se distribuyeron de manera asimétrica.
La política arancelaria de la administración Trump debe leerse en esa clave. No como un gesto aislado, sino como una señal geoeconómica: el acceso al mercado estadounidense vuelve a ser utilizado como instrumento de poder. La reacción fue inmediata. En el caso de Canadá, el anuncio de elevar aranceles y endurecer las condiciones de acceso al mercado estadounidense actuó como un recordatorio concreto de los límites reales del margen de maniobra. Mark Carney, exgobernador del Banco de Inglaterra y actual primer ministro canadiense, una de las figuras más representativas del consenso globalista anglobritánico, comenzó a moderar sus señales de apertura y sus devaneos exploratorios con China. No hubo una defensa efectiva del llamado “orden basado en reglas”, sino un ajuste pragmático frente a la asimetría de poder existente.
Carney encarna a una élite formada en la intersección entre finanzas, regulación supranacional y gobernanza tecnocrática. Su repliegue no es anecdótico. Revela una limitación estructural: la globalización carece de mecanismos propios cuando se enfrenta al ejercicio directo de soberanía económica por parte de una gran potencia. Sin un garante dispuesto a imponer costos, las reglas pierden capacidad de ordenamiento.
El Reino Unido y buena parte de Europa intentan adaptarse a este nuevo entorno mediante fórmulas de equilibrio. Buscan preservar su relación económica con China, mientras mantienen una hostilidad estructural hacia Rusia. Sin embargo, el sistema que emerge dificulta esa disociación. China y Rusia avanzan hacia una asociación estratégica cada vez más profunda, impulsada por consideraciones energéticas, tecnológicas y de seguridad compartida. En un contexto de competencia sistémica, la ambigüedad estratégica deja de ser una ventaja.
En ese marco se inscribe la propuesta de las llamadas “potencias medias”, formulada por Mark Carney y recibida con una amplia acogida en círculos tecnocráticos y progresistas, así como en buena parte de los medios de referencia. Presentada como una alternativa pragmática al alineamiento entre grandes potencias, la idea fue valorada por su tono moderado y su vocación de equilibrio. Sin embargo, su consistencia fue puesta a prueba casi de inmediato. La respuesta arancelaria de la administración Trump evidenció las consecuencias geoeconómicas del acercamiento a China y mostró los límites de una estrategia basada en la ambigüedad. Frente al ejercicio directo del poder, el margen de maniobra de las denominadas potencias medias resultó más estrecho de lo previsto. En un contexto de competencia estructural, esa indefinición no se traduce en autonomía, sino en una mayor exposición a presiones externas.
La multipolaridad real no admite indefiniciones prolongadas. Obliga a establecer prioridades o a aceptar una pérdida progresiva de relevancia. Desde esta perspectiva, la política exterior de Trump responde a una lógica neo-nixoniana invertida: reducir tensiones con Rusia para evitar la consolidación plena del eje sino-ruso. No se trata de afinidades ideológicas, sino de un cálculo clásico de equilibrio de poder.
Ese es el punto de fricción central con Davos. No el estilo de Trump, sino el hecho de que el consenso globalista haya dejado de ser el marco ordenador del sistema internacional.
Más que un desacuerdo coyuntural, la tensión revela una brecha más profunda. Las élites que durante décadas estructuraron el discurso de la globalización muestran crecientes dificultades para traducir su diagnóstico en capacidad de ordenamiento efectivo. Reconocen fragmentación, costos sociales y rivalidades estratégicas, pero continúan proponiendo marcos de gobernanza concebidos para un contexto que ya no existe.
Ese desfase no es menor. Cuando el lenguaje persiste, pero las decisiones centrales —aranceles, control tecnológico, política industrial, acceso a recursos estratégicos— se toman fuera de ese marco, emerge una disociación entre discurso y poder real. No se trata de falta de información, sino de la persistencia en categorías que han dejado de organizar la conducta de los actores decisivos.
El intento reciente de reformular la narrativa, admitiendo los costos no previstos de la globalización, responde menos a una revisión estructural que a la necesidad de preservar relevancia en un entorno que ha cambiado de lógica. Sin el respaldo pleno de la hegemonía que hizo posible ese orden, la globalización deja de ser un sistema operativo y se convierte en una referencia normativa.
Davos, en ese sentido, no enfrenta una crisis de ideas, sino de correspondencia con la realidad. Mientras el mundo se reorganiza en torno a esferas de influencia, control de recursos y competencia estratégica, el consenso globalista permanece anclado a una etapa histórica que ya no estructura el presente. Reconocer ese desplazamiento no implica nostalgia ni confrontación, sino asumir que el retorno de la geopolítica no es una anomalía pasajera, sino el marco dentro del cual se definirá el orden internacional de las próximas décadas.
*Analista amosop@hotmail.com