Milano–Cortina 2026: competir también es un triunfo
“Es un triunfo estar en Juegos Olímpicos”. No como consuelo, sino como diagnóstico.
Por Óscar del Cueto / Extaekwondoín
México ya está en Milano–Cortina 2026. No con multitudes, no con pronósticos de medalla, pero sí con algo que en el olimpismo sigue teniendo un valor profundo: la decisión de competir aun cuando las probabilidades no acompañan. Cinco mexicanos, en tres disciplinas invernales, representan hoy a un país que no tiene nieve como paisaje cotidiano ni al invierno como tradición deportiva, pero que, aun así, insiste en estar presente.
Los Juegos Olímpicos de Invierno suelen leerse desde la lógica de las potencias: naciones con sistemas consolidados, pistas, presupuesto y generaciones completas formadas desde la infancia. Desde ahí, la participación mexicana podría parecer anecdótica. No lo es. Cada uno de estos atletas llega tras años de esfuerzo personal, decisiones difíciles y una convicción que va más allá del resultado inmediato.
México compite por undécima ocasión en unos Juegos de Invierno desde aquella primera aparición en 1928. La diferencia ahora es que la delegación es la más numerosa en tres décadas y que, aunque las expectativas deportivas son realistas, la estructura alrededor del deporte invernal empieza, lentamente, a tomar forma. No es menor.
Ahí está la doctora Regina Martínez, primera mujer mexicana en competir en esquí de fondo. Su historia no se explica desde la épica exagerada, sino desde la disciplina cotidiana: ahorro, planeación y una meta clara. Sabe que su objetivo inmediato es terminar la prueba, y que el verdadero crecimiento vendrá con el tiempo. En un país donde muchas veces se exige el resultado sin aceptar los procesos, esa claridad también es un mensaje.
Allan Corona, mexicano que vive en Noruega, representa otra realidad cada vez más común: la de connacionales que encuentran en el exterior las condiciones para desarrollarse deportivamente y que, aun así, deciden portar la bandera mexicana. Su presencia recuerda que el talento no siempre está dentro de las fronteras y que saber integrar esas trayectorias puede ser parte del futuro del deporte nacional.
La historia de Sarah Schleper y su hijo Lasse Gaxiola aporta una dimensión distinta. Sarah, con 46 años, disputa sus séptimos Juegos Olímpicos, una cifra que habla de longevidad, constancia y amor por la competencia. Lo hace ahora bajo los colores de México, país con el que ha construido una vida y una nueva etapa deportiva. Junto a ella, Lasse debuta a los 18 años, en una escena inédita: madre e hijo compitiendo juntos por la misma nación. Más allá de posiciones, esa imagen quedará como una postal singular del olimpismo mexicano.
Y está, por supuesto, Donovan Carrillo. El nombre que concentra la mayor expectativa, no por una promesa desmedida, sino porque ya demostró que es posible romper inercias. Hace cuatro años regresó a México tras ser el primer patinador en décadas en clasificar a unos Juegos de Invierno y terminó en la posición 22. Hoy llega con mayor madurez, mejor planificación y el respaldo de Solidaridad Olímpica, que le permitió entrenar con condiciones más cercanas a las de la élite. Su objetivo es claro: ejecutar una rutina limpia y aspirar a la final. Nada más y nada menos.
Conviene decirlo con honestidad: en el deporte invernal, México no compite en igualdad de circunstancias. La falta de tradición se combina con recursos limitados y con reglas de apoyo que, en la práctica, obligan a los atletas a sostener gran parte de su camino con recursos propios o familiares. Aun así, también es cierto que hoy hay más organización que hace 20 años: federaciones recién creadas, ligas de hockey sobre hielo, programas de desarrollo en patinaje y una dirigencia olímpica que busca convenios y colaboración internacional.
En ese contexto, la frase de Marijose Alcalá, presidenta del Comité Olímpico Mexicano, adquiere sentido: “Es un triunfo estar en Juegos Olímpicos”. No como consuelo, sino como diagnóstico. Llegar ya implica haber superado obstáculos que no aparecen en la tabla de resultados.
Milano–Cortina 2026 no será recordado por medallas mexicanas, probablemente. Pero sí puede ser recordado como un punto de continuidad: una delegación más grande, historias distintas, mayor visibilidad y la posibilidad de que, poco a poco, el deporte invernal deje de depender sólo de relatos individuales y empiece a construir un sistema.
A los cinco representantes mexicanos vale decirles algo simple y necesario: compitan, terminen y disfruten. Su presencia ya es significativa. En un país acostumbrado a medir el éxito únicamente en el podio, ustedes recuerdan que también hay mérito en llegar, en sostenerse y en abrir camino para quienes vendrán después.
