Recordatorio

Desde hace tiempo, ellas han denunciado que el hogar cumple una doble función: como lugar de trabajo y de confinamiento de las mujeres. Sin ningún derecho laboral, exhaustas y estresadas han alzado la voz y exigen un cambio de paradigma, en muchos países.

Desde un país de tantos, Alemania. Louise Otto-Peters (1819-1885) dijo que: “La historia de todos los tiempos, y la de hoy especialmente, nos enseña que... las mujeres serán olvidadas si ellas se olvidan de pensar sobre sí mismas”. También, en algún relato afirmó, según recuerdo: “Mi madre estaba ahí, simplemente como un mueble, como una cosa que dábamos por sentado que estaría allí para servirnos”. Estremece. Käthe Schirmacher, 1898, que las mujeres crean y crían lo más valioso para la humanidad: seres humanos y deben recibir un salario digno por eso.

Hedwig Dohm, en 1903, dijo que el instinto maternal es un sentimiento impuesto. Marianne, esposa de Max Weber, de gran talento, analiza las dificultades de reconocer el trabajo doméstico, incluyendo el de cuidados. Decía que para comprender la realidad social hay que entender cómo se siente. ¿Y cómo se siente? Difícil cuestión, pues dependerá de a quién se pregunte. Casi nunca se preguntaba a las mujeres.

Desde hace tiempo, ellas han denunciado que el hogar cumple una doble función: como lugar de trabajo y de confinamiento de las mujeres. Sin ningún derecho laboral, exhaustas y estresadas han alzado la voz y exigen un cambio de paradigma, en muchos países. Eso de dulce hogar era sólo para los hombres y las viudas afortunadas.

Hoy reclaman el Sistema Nacional de Cuidados. Sentadas, unas cómodamente y otras, culpablemente; la mayoría, agobiadamente, en una cultura patriarcal y despotricando contra la naturalización de la cultura del privilegio, intentamos construirlo.

Afirma la Cepal que “la injusta organización social del cuidado está en la base de la insostenibilidad del modelo vigente y reproduce los nudos estructurales de las desigualdades de género que se interceptan con otras dimensiones de la desigualdad estructural”.

Traducción: por recluir a las mujeres y a las infancias en un “hogar”, muchos hombres han arrasado con la naturaleza y han puesto la ganancia económica en el centro. La naturaleza y las mujeres están reaccionando ante la devastación de las vidas, y por supuesto, en los países pobres y las comunidades originarias, las consecuencias son peores.

Qué cómodo ha resultado que ante cada crisis, financiera, medioambiental o de salud, las que han de paliar los efectos nocivos son ellas. Lo vivimos con la pandemia de covid-19. Algunos, se compadecen y siguen en sus negocios. Ya no digamos la catástrofe que vivimos aquí, con el inexistente sistema de salud o el ¿extraño? sistema educativo. Ellas, a curar, a procurar la recuperación y a enseñar desde las primeras letras hasta el cálculo infinitesimal. A “paliar” las consecuencias de la insensatez.

El buen vivir, “logro colectivo de una vida en plenitud, con base en la cooperación, la complementariedad, la solidaridad y la justicia” (León Trujillo) urge recuperarlo. No olvidemos, el cuidado “repara” al mundo. Debemos tejer redes para el sostenimiento de la vida, y considerar prioritarios nuestros cuerpos, nuestro ser y nuestro medio ambiente, para intentar vivir lo mejor posible.

Recordemos que “La vida es vulnerable y finita; es precaria, si no se cuida, no es viable” (https://www.cepal.org/es/publicaciones/48363-la-sociedad-cuidado-horizon...).

Sabemos que el cuidado no es cosa simple ni fácil. Requiere capacitación, voluntad, energía y disposición. Tiene costos variados, desde los de oportunidad, hasta los energéticos y requiere muchos lazos afectivos que lo sostengan.

Ser una sociedad de cuidados, propuesta que promete condiciones de vida dignas para todas y todos. Tiene dimensiones éticas, políticas, ecológicas e ideológicas, históricamente situadas. ¿Cómo se define el buen vivir y cuáles son, en distintos escenarios, las prioridades sociales en esta definición? Gran reto para el sexenio que inicia.

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