Lo que el tren se llevó
La confianza en la Fiscalía se extinguió. Era una pequeña lucecita ingenua. No aguantó el primer golpe. La certeza descarriló. Los pobres, con la certeza de que ahí, nada se transforma. Objetivamente, hay compromisos que se cumplen. Sino, todo se derrumba. ¿Investigación objetiva? No es fácil cambiar a la verdad de vía. Tres personas, víctimas de ese fallido intento
Bajo una ominosa sombra, dos mujeres intentan un muy complicado “cambio de vías”. Mientras volaban asientos y maletas, volaban también, palabras que eran compromiso: poner al centro a las víctimas. Difícil misión, cuando la verdad estaba a la vista y grabada en balasto.
Ocho metros, descarrilamiento y caída atropellada. Siete palabras, “porque al margen de la ley, nadie”. ¡Cuántos nadie hay en esta administración! Una curva inoportuna frente a una frase vacía, “investigación científica y multidisciplinaría”. La ruta, trazada en 1907; la coartada, chivos expiatorios desde casi siempre.
A pesar del clima benigno y sosegado en el Istmo el día del siniestro, el pantano de mentiras impidió la transparencia por compromisos funestos. La sombra y sus obscuridades no dan tregua. Las volteretas verbales de la caja negra, fuente de toda verdad, reveló el exceso de velocidad. La percepción hasta del más necio, aseguró, “van a salir con que el maquinista fue el único responsable”. Lo sabían y aún así, lo hicieron, ¿por qué?
La confianza en la Fiscalía se extinguió. Era una pequeña lucecita ingenua. No aguantó el primer golpe. La certeza descarriló. Los pobres, con la certeza de que ahí, nada se transforma. Objetivamente, hay compromisos que se cumplen. Sino, todo se derrumba. ¿Investigación objetiva? No es fácil cambiar a la verdad de vía. Tres personas, víctimas de ese fallido intento.
La credibilidad sostenida en un “video con simulaciones matemáticas y físicas que recrean el accidente, las cuales tomaron en cuenta elementos como el peralte y el radio de giro de la curva, mostrando cómo el exceso de velocidad provocó el siniestro”. Pero, no mostró el sistema regulador de velocidad o siquiera una campanita para emergencias. Exhibió a un siniestro supervisor.
Los videos ciudadanos mostraron los durmientes de madera deteriorados. Los durmientes de la Fiscalía siguen soñando con ganar tiempo para que la tragedia se olvide, así como se olvidó la ética y la “honestidad valiente”.
El único exceso de velocidad fue político. Había que inaugurar a como dé lugar. Había que cortar listón. Y se hizo dos veces. Puro espectáculo. López Obrador otorgó la construcción y la operación a la Marina. Pasar de manejar barcos a trenes, fácil, casi lo mismo. Sí, con juguetes de niños menores de ocho años.
“El Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec es un proyecto estratégico que marca el regreso del servicio de trenes pasajeros y despierta interés a nivel mundial por su capacidad para potenciar el comercio al unir los océanos Pacífico y Atlántico” dijo.
(https://amlo.presidente.gob.mx/corredor-interoceanico-del-istmo-de-tehuantepec-despierta-interes-a-nivel-mundial-presidente/).
Hoy, lo que llama la atención es el descarrilamiento del tren y de la “procuración de justicia”. Y el gobernador: “Usted demuestra que el amor al pueblo es y debe ser siempre el faro que oriente el ejercicio del poder público, ahí radica la verdadera importancia y el valor de esta gran obra de infraestructura. (…) La gran obra de su gobierno no sólo tiene forma física, tiene gran contenido humanista y su legado ya tiene un gran impacto y profundo significado histórico”. El amor no fue faro. El significado histórico, hecho añicos. Impunidad.
Tras los reclamos, han decidido pedir una “certificación internacional” para garantizar la seguridad de pasajeras(os). Ojalá, se pida también una “certificación internacional” sobre la Fiscalía.
Exceso de velocidad es el ya grave deterioro de la palabra. “El daño es a las instituciones y sin ellas, la política se torna una colección de impulsos transitorios y efímeros” (Roberto Gil). La sombra promovió el cambio de vías. Evidenció la sumisión de ambas y su pretendido feminismo. Cero empatía. Quizá, digan como al final de Lo que el viento se llevó: “Me importa un comino”.
