Capturar verdades

Clara Scherer

Clara Scherer

Editorial

Una mujer con túnica color bermellón encendido, gira y gira en medio de los hombres que, asombrados, atienden. Es su siriame, tiene conexión con el más allá. Lo saben y la respetan. Tiene en su corazón, las enseñanzas de los antiguos maestros. Detuvo su danza giratoria.  Con voz suave y firme susurró, volteando hacia la única ventana: Arroyo de los muchos cerros, nunca olvides que vienes de las nubes. Y torna a su lenta y serpenteante danza.

Los presentes, intrigados, se interrogan: ¿Qué nos quiere transmitir? ¿Por qué nos habla de las nubes, ahora que hemos perdido caudales? ¿Será que, desde aquel lugar cercado con estacas, los devolverán? Inquietos, cambian su postura, se inclinan, se enderezan; están atemorizados y quieren certezas, no adivinanzas.

Sabe que sus palabras llevan el sello de la verdad. Aunque interrumpieran el caudal, éste encontrará la forma de seguir su retorcido camino. Ella tiene la paciencia que le enseñaron siglos de silencio. Ser mujer. Al final, la verdad siempre se revela. Es de los pies ligeros. Está dispuesta a bailar por horas, días, meses o años, hasta que esas cabezas endurecidas por la costumbre, se abran a lo evidente.

Acelera sus pasos, pero sigue girando. Su túnica ondea y semeja una extraña imagen de fuego ardiente. Los hombres contienen la respiración y la angustia perla sus frentes. Sin el agua de su arroyo, se creen perdidos. Tanto trabajar en las laderas, para dejar tirado sin más, el fruto de su esfuerzo. Harán lo que sea necesario para recuperar lo que creen, es suyo.

La voz susurrante vuelve a escucharse, cada vez más lenta. Han destruido nuestro refugio, nuestra quimera y nuestro esfuerzo. Hicieron bien en advertir a nuestras querencias que no subieran, porque habría fiesta de fuegos y cuetes. Ellos entienden y se guarecieron. Nos toca seguir, como el arroyo, hasta el final de los caminos.

Algunos comprenden. Asienten con la cabeza y esperan ansiosos el resto del críptico mensaje. Otros, desesperados, se acuclillan y bajan la cabeza. Uno, triste y apesadumbrado, con voz angustiada, murmura: no entiendo por qué se nos pone a prueba. Hemos sido fieles y obedientes y ahora, nos persiguen con saña.

Todos se acercan. Le piden paciencia. Él, lloroso, se encoge y calla. Ella ni los mira, concentrada en danzar. Su túnica ya no flota, se mueve en lentas ondulaciones. Alza la cabeza, mira al techo. Vuelve a dirigirse al arroyo: Lo sabes bien. Tu caudal es precioso y por eso, se lo arrebatan. Vienen unos y se apoderan; luego, otros se los quitan. Por las buenas o las malas, así ha sido. Las hienas, caballos de la bruja les dicen allende el mar, ya iniciaron con sus gritos y carcajadas en el Oméro. Se relamen los bigotes. No lograrán su carnada.

Uno de los hombres acuclillado, se yergue y su ronca voz rompe la armonía casi silenciosa que los cubría. Siriame, soy tu más fiel servidor, por eso te digo, ellos sólo se rifan el poder. Nosotros, perseguidos sin descanso y nuestras familias sufrirán por nuestros actos.

Ella detuvo su danza, lo mira con rabia y de su boca salen dulces palabras. Pareces un niño pequeño. No me culpes de lo que ustedes provocaron. Sabían que, desde que alejaron a nuestros protectores, debíamos actuar con cautela. Y precisamente tú, pusiste en marcha esa quimera de pastillas azules. Has repartido las ganancias, pero de nada sirve acusar a quien busca seguridad. Afrontemos las consecuencias. Nos iremos donde nos protejan. Hay vastos territorios que nos darán la bienvenida. Y vuelve a girar con una rapidez extraordinaria.

Los demás, entendían poco y nada. El interlocutor sonrió. Atina a decir, entre dientes, hay quien sabe la verdad, pero lo callan. Hay otros que huyen, pero al final, hablarán. Estamos en peligro. El lugar cercado de estacas dejó de ser refugio. La impunidad ya no alcanza.