Ayer, cinco años y medio después de haber sido presentada, terminó de morir la acusación del exdirector de Pemex Emilio Lozoya contra 17 personas. Murió en el descrédito, en el ridículo. La Suprema Corte avaló, por nueve votos contra cero, la sentencia de un juez que ordenó a Lozoya reparar el daño moral causado a la periodista Lourdes Mendoza. El nombre de Lourdes apareció de manera extraña entre los políticos a quienes Lozoya señalaba por fraudes y sobornos. Aseguraba que un funcionario le había dado un costoso regalo. Y ella no se cruzó de brazos: probó la falsedad y exigió la reparación del daño. Escribió tras conocerse el voto de la Corte que la justicia, a veces tarda, pero llega: “El criminal confeso, el mal hijo, mal hermano, mal esposo y mal padre. El que no le pagó a los abogados Coello Trejo. El que para salvarse no dudó en cambiar el rumbo de 17 familias, imputándonos mentiras y dañando su honor y trayectorias, el chicanero, perdió por unanimidad”. Es una victoria legal, rotunda y ética de una mujer empeñada en revertir una infamia. Queden para el registro los apellidos de los otros calumniados en la supuesta “revelación del siglo”: Anaya, Calderón, Caraveo, Cordero, Domínguez, García Cabeza de Vaca, González Anaya, Hernández, Lavalle, Meade, Penchyna, Peña Nieto, Salinas de Gortari, Treviño, Vega y Videgaray.
