El 21 de diciembre, inicio del periodo, esbocé aquí que nada indicaba que figuras simbólicas de la 4T tuvieran la temeridad de pasar las vacaciones navideñas en Madrid, París, Londres, Tokio. Dos semanas después, a no ser que una de esas figuras dé una sorpresa postrera, puede sentenciarse que comprendieron lo costosísimo que habría sido repetir el episodio y se quedaron en casa, o rondaron por los destinos nacionales.
Los monreales no vinieron a Madrid. Desconozco si recibieron una orden terminante de Palacio Nacional, o si los ridículos del verano hicieron el milagro de modificar una pauta cultural en los soberbios líderes 4T, esos que siempre sacan un pretexto para sus obscenidades. Pensemos que se trató de lo segundo. Que comprendieron la contradicción desvergonzada de venderse ante los ciudadanos como impetuosos misioneros que, escribiría Javier Cercas, pelean para abrigar a los muertos de frío y dar de comer a los muertos de hambre y de beber a los muertos de sed, y en vez de eso ofenden al pudor con sus disfraces de turistas semirricos.
Disfraces para presumir u ocultar. Ellos, los de la 4T, definieron sus límites. Por eso la tosca obscenidad de sus vacaciones. Ellos crearon su moral. Y uno supondría que su moral es también su convicción. Como sea, todo indica que en ésta se guardaron.
