Keiko Fujimori asumirá hoy la presidencia de Perú. Los ejes de su estrategia de arranque revelan cuánto se han modulado las prioridades en ese país: seguridad pública, recuperación económica y gobernabilidad. Su llegada al poder recalcará el punto más bajo en décadas para la izquierda latinoamericana, que, sin contar a los regímenes cubano y nicaragüense, aislados y derrotados, queda reducida al modelo mexicano, y a las democracias plurales de Brasil y Uruguay. No está por demás recordar que, entre 2018 –cuando arribó la 4T de López Obrador– y 2022, América Latina vivió con gobiernos de izquierda en Bolivia, Venezuela, Uruguay, El Salvador, Argentina, Perú –el breve lapso de Pedro Castillo–, Honduras, Chile, Colombia y Brasil. “La actual marea derechizadora no se explica sólo por el influjo trumpiano; tiene que ver también con la quiebra populista”, escribe Agustín Basave en La era de la ira, su libro de reciente publicación. ¿Es una buena noticia este derrumbe? No estaría seguro, porque la derecha tampoco supo resolver los grandes problemas que Basave sintetiza así: “El cáncer de América Latina se sigue manifestando en los tumores de la corrupción, la violencia, la desigualdad y la pobreza”. Y ya se fue un cuarto de siglo, de izquierdas y derechas ineficaces. Mediocres, a fin de cuentas. América Latina sigue buscando una verdadera historia de éxito que contar.
