Los estadistas suelen consignar en sus biografías la existencia de ciertas jornadas inolvidables. Sobre todo, dicen desde la tautología, si son únicas, si no se repiten. La del jueves de la presidenta Sheinbaum será una ésas, a no dudarlo. Jueves 29 de enero de 2026. Dos hombres temibles, muy poderosos, terminaron rindiéndose ante ella. Donald Trump lo hizo con una floritura de alcances internacionales, una alabanza que rebasa los clichés con que remata sus mensajes en Truth Social. Escribió luego de la conversación telefónica entre ambos: “México tiene una líder maravillosa e inteligente, ¡deberían estar muy contentos por ello!” Lo de Ricardo Salinas no fue un elogio, sino un acto de poder, decisivo.
Nadie, nunca, lo había doblado de ese modo en un litigio. El jueves, “tras más de 20 años de controversias”, soltó la espada: anunció el fin del pleito con el SAT y aceptó pagar los impuestos que la autoridad le reclamaba. Seguramente el fraseo de Trump y la decisión de Salinas obedecen a un trazado estratégico, sus actuaciones no podrían entenderse de otra manera.
Pero en los hechos, Trump afirmó que los mexicanos tenemos un lujo, somos unos afortunados de contar con that lady como Presidenta, y Ricardo Salinas optó por suprimir uno de los litigios fiscales más grandes y sonoros de la historia de México. Y en ese registro, los dos acontecimientos ocurrieron el mismo jueves. Uno de esos días que dejan una marca distinta.
