Desaparecen, pero joden a todo el mundo

El ejercicio pareció honesto. Encomiable, incluso. Producto de un gran esfuerzo. Pero qué insuficiente, qué desilusionante fue.

El saldo de la exposición de ayer en Palacio Nacional —de la tan anunciada depuración del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas— confirmó, por un lado, que México es una democracia con 130 mil personas desaparecidas.

Y, por el otro, abrió nuevas interrogantes, generadas por un extraño acomodo en tres categorías, tres tercios casi del mismo tamaño: los desaparecidos de los que nadie sabe nada (46 mil 742); los que han dado alguna señal de vida, pero de quienes sólo Dios sabrá dónde pueden estar (40 mil 308); y los desaparecidos bien desaparecidos (43 mil 128).

Suman un diluvio de 130 mil desapariciones sin explicación. “Estamos reportando lo que encontramos”, dijo la presidenta Sheinbaum con lo que, repito, podría ser una honestidad laudable.

El problema es que las incógnitas quedaron donde han estado por años, décadas. Después de CalderónPeña Nieto, de López Obrador y ahora Sheinbaum. Quizá este gobierno esté tratando, en verdad, de dar con ellos.

Lo de ayer, sin embargo, dejó una impresión de que no puede o ni siquiera sabe cómo hacerlo. De ahí el sentimiento de colosal frustración ante nuestros desaparecidos que —como extraordinariamente cinceló González Iñárritu en Bardo— siempre hacen lo mismo: desaparecen, pero joden a todo el mundo. Ni vuelven ni se van. Los que estando, no están.