La consistencia, emotividad, sonoridad de las frases de Brenda tienen una limpieza, decencia, verdad que las transforman en impresionantemente creíbles. Es como una pequeña hada dotada de razón. Qué daría ella por poseer la varita mágica que la sacara de esta pena. “No me queda más que seguir confiando en Dios, poner toda mi esperanza en él”, nos dijo ayer Brenda Valenzuela, la joven madre del joven Carlos Emilio Galván, al cumplirse tres meses de su desaparición en los baños de un bar de Mazatlán, el Terraza Valentino. “Y que las personas que lo tienen tengan compasión y lo liberen”. Sabíamos cuáles iban a ser sus respuestas 90 días después, que nos diría que no hay resultados, que la Fiscalía de Sinaloa dice que investiga y que Carlos Emilio continúa desaparecido. Su relato, sin embargo, sigue siendo estremecedor. Es la madre empeñada en repetirle con dulzura a su hijo ausente que no lo verá morir. Sus palabras son amor y son lealtad. Pero ninguna de las madres que encabezan nuestras instituciones, de nuestras presidentas, ministras, fiscales, secretarias, líderes, llora una lágrima por Brenda. Porque en el México de la hora de las mujeres, las mujeres no lloran, no se conmueven. Son mujeres machos alfa. Lo que no sería problema, si resolvieran estos casos.
