32 años después

Hace una semana, tras el sismo en las costas de Chiapas, muchos celebraban lo resistente que era ya la Ciudad de México. Nunca hay que cantar victoria en estos temas. Los nuevos edificios parece que resistieron bien. El cambio en el código de construcción ayudó. Lo increíble es la falta de peritajes periódicos en edificios más antiguos, y en general los medianos, que fueron los más afectados en la Ciudad de México.

¿Habrá que esperar a que los sismos fuertes, en una especie de perversa lógica darwiniana, eliminen a los edificios más vulnerables? Es hora de revisar periódicamente todas las edificaciones de las zonas sísmicas del país.

Ya hay una cultura razonablemente buena de qué hacer en estas emergencias. No deja de ser una cruel coincidencia que el temblor fuera un par de horas después del simulacro sísmico en recuerdo del 32 aniversario del terremoto del 19 de septiembre de 1985. El que se hayan desalojado a tiempo los edificios ayudó a disminuir el número de víctimas. Sin embargo, no tenemos un protocolo claro de qué se debe hacer posteriormente. La ciudad se colapsó, sin dejar en las vialidades carriles exclusivos para servicios de emergencia. No se sabe a dónde dirigir ayuda ni qué es lo que se necesita. El ánimo enorme de una sociedad con ganas de apoyar se topaba con la falta de organización.

No fue la tragedia del 85, aunque tampoco tuvo el sismo la fuerza de entonces. Sin embargo, hay cientos de muertos y decenas de miles de afectados a los que hay que apoyar con un gasto público eficaz, transparente, sin clientelismo y corrupción.

El presidente Peña Nieto reaccionó con bastante rapidez, mucho antes que el jefe de Gobierno capitalino. Los gobernadores de los estados afectados también actuaron con celeridad. Algo han aprendido nuestros gobernantes. La revuelta electoral de 1988 no se explica sin el vacío de la autoridad los días posteriores al sismo de hace 32 años. Hasta Trump reaccionó rápido, esta vez mandando un mensaje de solidaridad con su clásico tuit.

Hoy, todo es instantáneo y en tiempo real. Con suerte pudimos saber en unos minutos que nuestros familiares más cercanos estaban a salvo. Los whatsapp y videos con celular iban reportando muchos de los daños y varios medios de información mantuvieron una cobertura muy buena de lo que estaba pasando con reporteros en el lugar del desastre. A través del celular podían algunas víctimas pedir ayuda para ser rescatados. Los mensajes de los amigos en el extranjero fueron llegando a las pocas horas.

32 años de cambio tecnológico hace muy distintas el cómo afrontar estas tragedias. El sismo del 19 de septiembre de 1985 me agarró bañándome. Todo se movió. Peor que nunca. Pero estábamos acostumbrados a seguir las actividades del día como si nada. Soy de una generación que no había vivido hasta entonces la tragedia del colapso de su ciudad.

Sólo habíamos enfrentado el temblor del 14 de marzo de 1979, de una magnitud de 7.6, cuando se derrumbó la Universidad Iberoamericana, entonces con sede en la Colonia Campestre Churubusco. Sucedió temprano en la mañana, antes de la entrada a clases, lo cual evitó cientos de muertos. Parecía un problema de ese edificio, no de la Ciudad, por más que hubo otros daños en la Colonia Roma. No recuerdo que nadie haya sido procesado legalmente por los problemas que llevaron al colapso de ese inmueble. No sirvió para endurecer los códigos de construcción ni para crear una cultura de prevención y capacidad de reacción ante un sismo. Para eso, tristemente, se requirieron los miles de muertos del terremoto de hace 32 años.

En 1985, vivía y estudiaba en el sur de la Ciudad. Me fui a la universidad. Saliendo de una clase de dos horas empezaba a filtrase la información de algunos daños, pero estábamos lejos de poder entender sus dimensiones. Nadie interrumpió la clase para informar algo extraño. No había información en tiempo real. Lo único raro fue la ausencia de varios compañeros.

Pasarían muchas horas más para que empezáramos a tomar conciencia de lo sucedido. No podíamos comunicarnos ni con nuestra familia ni con nuestros amigos. El mundo tardaría en saber el nivel de los daños. México había quedado incomunicado dado el derrumbe de la central telefónica más importante del país. El número de muertos de esa terrible jornada no se sabe con precisión, pero hoy sabemos que fueron como unos 10 mil.

La participación social ante un gobierno pasmado, el presidente Miguel de la Madrid parecía ausente, ayudó a los capitalinos a salir adelante. Para mí, la única institución pública  visible fue el ejército. Pero la noche del día del sismo, en la zona más dañada, parecía la de una película de la Segunda Guerra Mundial. La solidaridad y capacidad de respuesta de la sociedad civil ayudó a acelerar el colapso de la hegemonía priista y la transición hacia unas elecciones competitivas en 1997. Hoy es imposible saber las consecuencias políticas que tendrá esta tragedia, pero la tecnología ha hecho que estos eventos se vivan en otra velocidad. Falta mucho por ver.

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