¡Vaya costumbre!

Las promesas de cualquier político son como los dulces azucarados que se ofrecen en la sala de espera de un consultorio dental

Cada día se nos ofrece un motivo para suponer que es poca la imaginación del actual gobierno. La creatividad se ha enfocado —con la impaciencia de un estudiante que está a punto de reprobar una materia— en justificar cada una de las decisiones del Primer Mandatario. Éste ha sido un ejercicio cuyo resultado se ha convertido en la extensión de una plataforma que responde más a una estrategia de comunicación electoral que a la ventana mediante la cual se presuman logros incuestionables que ensalzaran el cumplimiento de las promesas de campaña —escritas, por cierto, hace más de 18 años—.

Las promesas de cualquier político son como los dulces más azucarados que se ofrecen en la sala de espera de un consultorio dental: si padece de un dolor de muelas sexenal, no se preocupe, aquí tenemos unos caramelos con los que podría endulzar su dolor. No olvidemos que somos una sociedad acostumbrada a esa forma de comunicar desde hace mucho. Por ejemplo, adivinábamos que se acercaba el tan esperado informe presidencial —o un proceso electoral— porque en la prensa escrita, en el radio y la televisión se hablaba de los logros obtenidos gracias al sacrificio y compromiso del prócer en turno. Todo momento era propicio para que se desplegaran ante nosotros los programas sociales y las frases de mayor resonancia que se encajaban de manera inopinada en nuestra cabeza. ¿Alguien ha olvidado ese melodramático comercial de 1992 que comenzaba con la frase “¡don Beto, don Beto, ya tenemos carretera!”. ¿Qué tal el primer spot del gobierno de Vicente Fox, el cual nos mostraba paisajes y escenas de la vida cotidiana en pleno amanecer? Claro, y su frase “Arriba, México, mira, que ya amaneció”, era el anuncio de un nuevo sexenio que hoy es como la memoria de una resaca democrática.

¿Recordamos las palabras del primer comercial de Felipe Calderón? “...muchas cosas van a suceder para que tú vivas mejor”. En fin, basta recordar que el PRI volvió al poder caminando sobre una alfombra roja —literalmente— y todos los reflectores.

Estamos acostumbrados a los mensajes llenos de optimismo y futuro que terminan por convertirse en el humor involuntario tan característico de quienes se dedican a la política en nuestro país. Así, hace un par de años nos preguntábamos si López Obrador y su equipo serían capaces de crear alternativas de comunicación que lo distanciaran de las formas establecidas en sexenios anteriores. La expectativa parecía cumplirse al plantear sus conferencias matutinas como un ejercicio de información y transparencia sin precedente.

Sin embargo, ese espacio se ha convertido en la tribuna oficial en la que se plantean los temas que son prioritarios para el Presidente y en donde se fija la manera en la que se debe hablar de ellos. Es un amplificador de filias y fobias que deben ser avaladas por quienes forman parte de su gobierno en cualquiera de sus niveles.

Pero hay algo notable que se ha planteado con respecto al manejo de la comunicación: la noticia se concentra en él y en nadie más. Se debe dar cuenta de su propia sombra. Así, las conferencias mañaneras, los spots lanzados sistemáticamente y los mensajes que se viralizan en las redes sociales cumplen con el propósito que sus antecesores mantenían, de forma específica, en los medios de televisivos, radiofónicos y los periódicos.

Sin embargo, en la actual ecuación se ha puesto en entredicho la importancia de la prensa escrita: bajo la simpleza argumentativa de una prensa que “ha perdido sus privilegios”, desde la tribuna se expone y dirige la crítica a los medios que se muestran críticos o, por qué no, con tendencia a una clara oposición con respecto a su gobierno.

López Obrador se da el lujo de enfrentarse a la prensa con sus principales herramientas: el manejo de los tiempos y espacios oficiales, la clara estrategia de ser él quien concentra la información de lo que ocurre durante su gobierno y su amor por las listas como la expuesta el viernes —por cierto, vaya papel el que juega ese medio que no tuvo ni una opinión “negativa” hacia el gobierno—. Qué lástima convertirse en aquello que, de manera crítica, habían evidenciado como una mala costumbre. Sí, el presidencialismo en su más clara expresión.

Claro, esto sólo es posible gracias a la nueva configuración de los medios de comunicación y lo que ha implicado la irrupción de las redes sociales.

Pero algo es evidente: el ejercicio de la libertad de expresión no es un mérito que deba agradecerse a López Obrador. Que alguien le recuerde sus discursos acumulados durante más de 18 años.

Temas: