Un andar entre páginas e ilusiones

Las ferias del libro son espacios en los que las palabras, los libros y sus lectoras y lectores se constituyen en los protagonistas de una historia que puede llegar hasta donde la imaginación linda con lo imposible.

         Para Ligia y Arianna, cumpleaños entre libros.

¿Nos hemos encontrado con viejas fotografías en donde identificamos a quienes urdieron las nuevas tramas de su futuro? Es posible que sí. En ocasiones, en medio del fragor y la batalla que implican cada día las redes sociales nos encontramos con imágenes de quienes, como parte de una decisión que posiblemente revolucionó la vida de decenas de corazones, compartieron uno de los artificios más sofisticados que hemos logrado preservar a lo largo de los siglos. Porque, en sí mismo, el libro se ha constituido como símbolo de las pequeñas victorias frente al tiempo y el olvido gracias al latido que permanece en cada palabra termina por imponer su propia respiración.

Hay quienes no creen en que la fortuna o el azar sean los responsables de mover los hilos de esa trama sobre la que jugamos las y los malabaristas, pero quizá esa antigua fotografía en la que aparecen mulas o caballos, tal vez automóviles que inexplicablemente continuaban trazando el mapa de lo inimaginable, eran los vehículos que terminaban por transportar pequeñas cantidades de libros a lugares recónditos en la geografía gracias al coraje y tozudez de quienes sabían que un libro podía ser la puerta en la que se hallaban las gemas escondidas en lo más recóndito del espíritu o los ecos de un mundo que dejaba de envejecer ante las nuevas miradas y suspiros de quienes escuchaban las hazañas de Aquiles ante su propia sombra; los lamentos de un viejo que al llamarse El Caballero de la triste figura creó un reino para el desbordado andar de los melancólicos; las canciones, poemas e historias de aquellas mujeres que no cedieron a la devoradora realidad que les imponía un silencio que, a fin de cuentas, sólo enmarcó cada una de las páginas con las que hoy se levantan miles de orgullosas miradas.

Sí, basta con que la fortuna coloque frente a nosotros esas viejas fotografías para comprender que, pese a las dificultades y lo agreste de los caminos, se transportaban libros, sí, pero, al mismo tiempo, se fraguaba la esperanza en el fuego de las y los nuevos lectores. Así, una leve sonrisa comienza a revolotear entre los anaqueles de nuestro espíritu.

No es regla que las grandes hazañas únicamente se pueden hallar en medio de los conflictos armados o en donde la desgracia ocupa el lugar principal en las mesas. En esas fotografías que quizá ha decolorado el olvido se cifran las nuevas epopeyas de quienes compartieron una pasión y, de esta manera, lograron preservar ese fuego que iluminaba las páginas y rostros de los que leían en voz alta, de quienes narraban esa historia que iba cambiando el tamaño de los ojos ante la sorpresa y el miedo. Es posible que más de una o uno se mostrara incrédulo antes esos carros tirados por los alados caballos de la esperanza; sin embargo, hoy sabemos que esas ilusiones han adquirido nuevos rostros y permanecen en quienes apuestan por esos objetos que son la llave de la memoria, la clave para descifrar el presente y los trazos imaginarios del futuro, los libros. Quizá quienes protagonizaron esas odiseas hoy sonreirían ante las posibilidades que se configuran en las llamadas ferias del libro.

Así, cada una de estas actividades son la puesta en escena de un libreto escrito por las ilusiones y las expectativas. Son espacios en los que las palabras, los libros y sus lectoras y lectores se constituyen en los protagonistas de una historia que puede llegar hasta donde la imaginación linda con lo imposible. Por ello, no es extraño que en cada una de las ferias del libro se puedan hallar esos anteojos que nos permitan comprender nuestra realidad y sus galimatías: se convierten, en sí mismas, en actos políticos que dignifican el encuentro, el diálogo y reivindican la justicia. Foros y pasillos en los que se impone la pluralidad y la diferencia, pero se conserva la oportunidad de encontrarse en una página compartida.

Hace unas semanas logré constatar que, si en algo descansa la posibilidad de un futuro distinto, también es en las diferentes opciones que, con el pretexto de la literatura, se desarrollan en las ferias del libro. Así se observa y disfrutan las propuestas de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca o en la que dio inicio el día de ayer, la Feria internacional del Libro de Guadalajara, dos estupendas y magníficas propuestas cuyo alcance es notable –como tantas otras, por supuesto–.

Sin embargo, hay algo que no puede olvidarse y que no sólo se encuentra en los pasillos de estas grandes actividades: los rostros de la esperanza se encuentran en quienes aparecen en aquellas viejas fotografías y entre quienes comparten la dimensión social de la literatura. ¡A leer!

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