El corifeo del oficialismo trata de imponer ese discurso en el que las felices estadísticas parecen referirse a un país muy lejano.
Un diálogo lleno de locura y absurdo, en el que poco a poco se pierde la capacidad de escuchar con claridad. Y ya no hablemos acerca de la empatía, la conmiseración o la indignación. En esto parece resumirse una semana en la que se recibieron diferentes noticias que nos hablan de aquello que incomoda al discurso y la retórica oficiales, esa suerte de narrativa que se ha vuelto grisácea ante una realidad que no necesita de permisos ni concesiones para mostrarse con sus diferentes rostros. Quizá sea una simple y sencilla percepción, pero en los últimos días parece que se acentuó esa distancia entre las quiméricas apologías del oficialismo y lo que se vive, lo que se sufre y padece en muchos lugares de este país.a
Así, mientras se revelan los tejidos de posibles corruptelas, conflictos de interés y, por supuesto, el daño que ha implicado desaparecer los contrapesos entre los Poderes de la federación, los organismos autónomos que podían ser un medio efectivo para exigir transparencia y justicia, llegan hasta nosotras y nosotros una serie de noticias que lastiman esa cotidianidad a la que nos aferramos diariamente. El aire se vuelve tan denso cuando escuchamos los nombres de adolescentes quienes han sido asesinados, de las circunstancias en las que se presentaron sus trágicas muertes y comenzamos a imaginar el dolor que experimentan sus respectivas familias, su entorno más cercano. Breves supuestos que, de inmediato, se mezclan con el enojo que también implica el suponer que esos crímenes quedarán impunes, que no debieron ocurrir, que para las autoridades es cuestión de tramitar un par de declaraciones y preocuparse por mantener su famosa “popularidad” al costo que sea –ya con miras al trámite electorero al que orientan sus principales preocupaciones.
Uno se llamaba Ricardo Mizael, 15 años de edad, que salió a comprar la comida para los gatitos que había rescatado de la calle. Todo parece indicar que fue confundido y asesinado por el crimen organizado en las calles de Culiacán. En efecto, la ciudad capital del estado que es gobernado por quien será recordado por declarar, con la llaneza y tranquilidad que brinda el escudo político del partido al que pertenece, que “no sé lo de Sinaloa, menos lo de Tequila”.
Ella se llamaba Melany Gissel, se dirigía al Colegio de Bachilleres 2, en Acapulco, cuando fue atacada una camioneta repartidora, la joven estudiante tuvo el infortunio de encontrarse en medio de su vida cotidiana. Sí, el Acapulco en el que gobierna la alcaldesa que será recordada por sus estrambóticas declaraciones en el ámbito político y al ser señalada por fraude y manejo indebido de casi 900 millones de pesos que, gracias a las artes de magia de su partido, pasará inadvertido.
En Puebla, Giselle, Joaquín y Emmanuel decidieron ir a divertirse, a cantar a un bar, a pasar un buen rato. Y todo se convirtió en una tragedia al ser asesinados por quienes balacearon ese lugar con toda la intención de hacer daño. En efecto, ese Puebla gobernado por quien no dudó en revictimizar a los jóvenes con toda la confianza y soltura que proporciona encontrarse bajo el amparo de la impunidad, ese deporte tan favorecido por el actual gobierno federal. Un estado en el que, al parecer, también hallaron sin vida en Chignahuapan –y con signos de violencia– a Alexandro y Karina, un joven matrimonio que deja a sus pequeños hijos en la total orfandad.
¿Qué ocurre con quienes escuchamos estas noticias y terminamos por intuir que, en efecto, son casos que se suman a otros cientos y miles que convierten nuestro aire en algo casi irrespirable, en el denso respirar de la desgracia? No podemos olvidar todo aquello que se suscitó, entre quienes hoy gobiernan, cuando se hacía mención de los terribles “daños colaterales”: escándalo, gritos y pancartas que, bajo la mirada actual, llegamos a concluir que eran un simple ardid político, pues hoy se impone el silencio y la complicidad. Y, aún más, las y los sicofantes, el corifeo del oficialismo, tratan de imponer ese discurso en el que las felices estadísticas parecen referirse a un país muy lejano al que terminamos por escuchar en las noticias de sólo una semana.
Y, mientras tanto, seguimos preguntándonos en qué momento todo esto adquirió un sentido de normalidad y cotidianidad, cuándo permitimos que la vida dejara de ser lo más valioso para convertirla en un simple recurso retórico de tenue incomodidad, sí, ésa que se diluye bajo la sombría inmediatez y la banalidad. Caray, tenemos mucho trabajo por delante, porque esto no es algo que podamos seguir respirando.
