El domingo, en Londres, el Sol ascendía hacia el cenit y la temperatura se desplomaba con rapidez, en 4°C, en el lapso de una hora. Los maratonistas salieron con el termómetro marcando 8° Celsius y finalizaron en 16° con humedad de 73%. Londres se encuentra a 25 y 31 m de altura sobre el nivel del mar, y la geometría del recorrido presenta más curvas que Berlín. Sin estas condiciones creadas por el General Clima, jamás se habría producido el acontecimiento largamente esperado y anunciado del récord mundial de las dos horas. Sin las órdenes del General Clima, los sueños, la planificación y el esfuerzo humano se habrían convertido en pilares de humo; la voluntad acerada de los maratonistas, las zapatillas ultraligeras de 97.27 gramos de peso, las ingentes prácticas de 250-280 kilómetros a la semana, con el aporte científico del arte del entrenamiento y los conocimientos de la dieta, del lactato, los gels, del oxígeno, del empleo del bicarbonato de sodio —retarda la acidosis láctica y extiende el umbral de la fatiga, de la resistencia; lo consumen con gramaje exacto atletas, nadadores, ciclistas—, el paso cronométrico de las tres liebres o spacemaker, marcadores de la velocidad requerida, guías de ritmo, no hubiese sido posible el RM de 1 h: 59’30” de Sabastian Sawe ni tampoco el espectacular crono 1h:59’41”, en su debut, del etíope Yomif Kejelcha, con el que nuestra conjetura escrita en este espacio hace más de un año cobró realidad (Excélsior, Espejo de tinta, 25/II/2025: cuando se plantea la pregunta: ¿puede un atleta en su debut romper el RM de los 42,195 m y fragmentar las dos horas y hacer posible el sueño dorado de lo que ha sido imposible?, ésta aparece acompañada de algunos episodios deportivos que acaso se vivieron y produjeron azoro en forma semejante con el empuje de la tecnología, como el paso de la honda a la flecha, al rifle, a los rayos láser….), ni el tercer lugar del ugandés Jacob Kiplimo, 2h:00’25”, 10 segundos por debajo del anterior récord mundial. La ligereza de las zapatillas con alas de Mercurio le dan al acontecimiento un toque de naturalidad. En la información de febrero de 2025 presenté un cálculo sencillo, no una predicción, de los parciales de esta hazaña. Primero, el parcial de Sawe; el siguiente split publicado en Excélsior: 5Km – 14’14” – 14’13”; 25km: 1h,11’14” – 1h,11’06”; 40km – 1h,53’39” – 1h,53’45”. Los cronos de Sawe producen más intensidad de asombro que cualquier adjetivo calificativo. Que tres atletas corran alrededor de la línea fronteriza de las 2 horas en los 42,195 metros es un presagio de que, con la tecnología, muy pronto un africano del Valle del Rift cruzará no sólo el 1h59”, sino el 1h58”. Con las zapatillas ultraligeras, incluida la catapulta de fibra de carbono —acaso pronto se les incorporará graduada, en el talón, un diminuto fulcro como el que emplean los clavadistas en sus espectaculares saltos del trampolín, en relación con el peso corporal, con el fin de cumplir con la Tercera Ley de Newton—, los atletas mejoran más de 4 minutos. Bajo este prisma, es harto evidente que Haile Gebrselassie habría pulverizado las 2 horas en Berlín 2008.
