Muralismo mexicano

Eduardo Subirats presenta una novedosa y bien documentada investigación con evidencias de la importancia, influencias y limitaciones del movimiento

“La historia de la música, la literatura y de las artes plásticas latinoamericanas está todavía por escribirse”. Con el fin de aportar un avance a esa historia, el filósofo español Eduardo Subirats ha publicado su extraordinaria investigación sobre el más importante e influyente movimiento artístico del siglo XX en México, cuya influencia fue significativa internacionalmente (El muralismo mexicano. México, Fondo de Cultura Económica, 2018, p.9).

La crítica del arte es —simplemente— analizar su importancia y contribución en un contexto cultural específico, de la manera más objetiva posible.

Por eso en México es necesario pasar de las opiniones subjetivas al trabajo metódico y documentado, para conocer la historia del arte; que es parte crucial de nuestra historia en el siglo XX, y formular nuevas interpretaciones de sus figuras y obras.

Esa tarea es la que presenta Subirats sobre el muralismo mexicano. En una novedosa y bien documentada investigación, presenta evidencias de la importancia, influencias y limitaciones del movimiento que definió durante algunas décadas el arte en México.

Con un detallado recorrido desde los primeros murales de Diego Rivera, José Clemente Orozco, hasta sus extraordinarias creaciones en Norteamérica, Subirats enfatiza la revolución estética que aportaron, cuya radicalidad era similar a la del arte europeo y latinoamericano de esos años; y que se formuló en el Manifiesto por un arte revolucionario independiente, de André Breton, Diego Rivera y León Trotski.

Subirats analiza, en los capítulos primero y segundo, las obras realizadas por Rivera y Orozco durante su exilio en Estados Unidos, particularmente las de Rivera en Nueva York; que produjeron su clausura en mayo de 1933 y su posterior destrucción.

Esos murales eran un ejemplo para consolidar un arte revolucionario, panamericano e internacionalista, que era una amenaza para el dominio político vigente.

Ese mismo año fue  la destrucción en Los Ángeles, de murales de David Alfaro Siqueiros y algunos colaboradores norteamericanos.

Subirats detalla en el quinto y sexto capítulos la reacción a ese arte peligrosamente revolucionario, que se gestó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el que su director, Alfred Barr, tuvo un papel fundamental para promover un arte abstracto.

Sus criterios fueron que sólo había un estilo: el “internacional” y que ese estilo era moderno y abstracto; un lenguaje formal libre, con composiciones puras, simples y sin contenidos políticos (eso no se mencionaba explícitamente).

Esa reacción contra el muralismo fue cada vez más explícita en Estados Unidos. Subirats enfatiza en el octavo capítulo que en 1945 el crítico de arte Barnett Newman escribió que Rivera y Orozco eran archinacionalistas y se autoproclamaban artistas de la revolución. Con Siqueiros, su apreciación estética fue aún más subjetiva.

Otro aspecto es la integración plástica que se logró en algunos de los grandes murales mexicanos; esa integración había sido propuesta por el expresionismo alemán desde la tercera década del siglo XX, pero fue en México donde alcanzó su máxima expresión.

La importancia del muralismo mexicano se comprende porque fue aprovechado como instrumento propagandista tanto por ideologías, como la comunista del “realismo socialista”, la de los regímenes posrevolucionarios y la de la crítica de algunos intelectuales que promovían el arte abstracto, y vilipendiaban el muralismo mexicano.

Por eso, conviene analizar otros aspectos de la obra de Eduardo Subirats.

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