La Ciudad de México vive una paradoja motorizada: la moto llegó como sinónimo de agilidad y trabajo, y terminó convertida en el rostro más visible de la vulnerabilidad vial. En la actualidad, entre las noticias trágicas más comunes es cotidiano encontrar accidentes en los cuales están involucradas motocicletas.
Y es que los datos no admiten evasivas. Las muertes de usuarios de motocicletas por accidentes viales aumentaron 52.3% entre 2018 y 2023, al pasar de mil 890 a dos mil 878, mientras los egresos hospitalarios por esta causa tuvieron un “alarmante incremento”, pues casi se duplicaron, de acuerdo con el Informe de Salud Pública sobre la Situación de la Seguridad Vial 2023-2024.
Las estadísticas más recientes no son más prometedoras, pues, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México (Semovi), en el primer trimestre de 2025 murieron 111 personas en hechos de tránsito y 54, casi la mitad de todas las víctimas, eran motociclistas. El porcentaje de lesionados también se volvió espejo de esa realidad: los motociclistas concentraron 47% de las personas heridas.
Esto es reflejo de que el crecimiento acelerado en el uso de este medio de transporte se ha dado más rápido que la capacidad de la propia ciudad para regularlo y educar a quienes lo utilizan. Cabe señalar que, en 2024, se estima que circulaban 716 mil 400 motocicletas en la capital del país y, para marzo de 2025, el propio gobierno local estimaba 750 mil 722 unidades de combustión, sin contar las eléctricas que, sobra decir, abundan.
De esta manera, el peligro por el tránsito en motocicleta se manifiesta a la orden del día y de múltiples formas. Como primer factor, está la velocidad, pues la mayoría de muertes en 2025 se explican por choques y derrapes, no por atropellamientos. Otro factor es la fragilidad, pues un casco mal abrochado o de dudosa calidad convierte cualquier incidente en tragedia. Y otro aspecto, también muy importante, es la forma en que conduce la mayoría de los motociclistas, pues rebasar por la derecha, colarse entre carriles, invadir el carril confinado del Metrobús o el de bicicletas es muy común entre ellos.
Ahora bien, no se trata de satanizar ese tipo de transporte ni a sus conductores, sino de regular. Se requiere una política pública sostenida y un pacto de corresponsabilidad en el cual exista capacitación obligatoria real, definir y exigir equipo y cascos certificados (por reglamento) y, por supuesto, supervisar estrictamente su uso.
Por otra parte, es necesario prohibir, de manera rigurosa y efectiva, el zigzagueo a alta velocidad y delimitar horarios y carriles en vías de acceso controlado, pues la evidencia internacional ha demostrado que separar conflictos en espacio y tiempo puede salvar vidas.
Una de las cuestiones más relevantes es hacer partícipes a las apps de reparto para que fijen metas verificables de seguridad, como cursos obligatorios, seguros vigentes o incentivos por conducción segura, lo que, si bien no es algo muy innovador, pues en la ciudad ya se regulan velocidades y hay radares, es preciso para enfocar acciones y medidas específicas para motociclistas.
Quienes hemos visto el uso de la moto como herramienta de trabajo y movilidad accesible tenemos una obligación doble que consiste en exigir reglas claras y cumplirlas. Esto no es ninguna cruzada contra motociclistas, es un llamado a favor de ellos y de la seguridad de todos. Con más motos que nunca, proteger a quienes usan motocicleta y a quienes se cruzan por su camino, resulta urgente.
Es muy importa decir que hemos avanzado mucho en esta materia, pero cada día que pasa sin ajustar el rumbo otro nombre se suma al conteo de accidentes y pérdidas humanas. Y las cifras, por sí solas, ya dijeron suficiente, por lo que nuestra ciudad, ejemplo de modernidad y vanguardia, debe actualizarse permanentemente también en seguridad vial.
