El precio de la salida airosa de Adán Augusto

La salida airosa de Adán Augusto del liderazgo de Morena en el Senado fue la caída política de un alfil cuando se vuelve insostenible. Pero no a causa de escándalos de corrupción tan graves como la creación de un cártel desde su gobierno en Tabasco o abultado enriquecimiento patrimonial, sino por dejar de ser considerado un agente válido y funcional para las prioridades oficiales. Su decisión de apartarse es la de un político que sabe cuándo termina su ciclo. Para la Presidenta, es una ventana de oportunidad para consolidar su proyecto con cabezas alineadas a su agenda, después de sujetarlo contra viento y marea mientras cumplió con sacar, por cualquier medio, las iniciativas del plan C en su primer año.

Es otro paso para deshacerse de liderazgos hostiles y heredados por López Obrador en el arreglo de la sucesión, como ocurrió también con otra pieza disfuncional en la partida anticipada de Gertz de la Fiscalía. Pero no obedecen a la lógica del escarmiento legal ni se saldan en alejamiento político con su antecesor si se hacen en nombre del proyecto. Habían dejado de ser útiles y, además, flancos débiles a la cacería de EU contra el narco y posibles nexos políticos.

La reforma electoral, controversial antes de presentarse, es la última pendiente del plan C de cambio de régimen de López Obrador. Y es también prioridad del gobierno para asegurar su proyecto político con la hegemonía de Morena, en un panorama complicado por el estancamiento económico y presiones de EU en seguridad. Para esta tarea, Adán Augusto había dejado de ser un interlocutor válido y con los puentes de diálogo rotos hasta con sus aliados del PT y Verde, y sin ellos estaría condenada al archivo. Lo que amalgama a Sheinbaum con su mentor político es la primacía del proyecto, que ponen por encima de desacuerdos o enojos. Es su vínculo real sobre lealtades de colaboradores o del círculo cercano. Y el hermano político de López Obrador ya no garantizaba la reforma electoral, como antes la judicial, aunque fuera con toda clase de argucias para aprobarla.

El estilo moderado y prudente de la Presidenta para abrir camino a su liderazgo descansa en la efectividad del trabajo sobre cualquier otra virtud y bajo la premisa de cuidar el legado; un principio por demás discrecional, pero convincente para apuntalar su autonomía sin que cambios pragmáticos colisionen con las alas más dogmáticas de Morena. A Adán lo sostuvo mientras resultó eficaz en la operación política de las reformas; como a Gertz para librarse del escándalo del rancho de Teuchitlán, hasta que estalló otro de repercusión internacional del caso Miss Universo y su presidente Raúl Rocha.

Los escándalos de corrupción no suelen tumbar políticos, más bien colman el vaso. Aunque la devaluación de la causal anticorrupción echa por tierra su combate. Su líder senatorial se fue con paso franco sin perder el fuero, ni asomo de investigación, a pesar de denuncias presentadas. Y exhiben a las instituciones inútiles para evitar que el poder extienda velos de impunidad a sus hombres cuando hacerse a un lado significa la posibilidad de resucitar en la siguiente elección, a donde ahora va Adán Augusto. En la lógica política del gobierno, esos movimientos despejan el camino y consolidan su autonomía. Pero a un alto precio porque la potestad de la impunidad deja manchas que, poco a poco, ennegrecen el prestigio y credibilidad de un proyecto que reivindica la regeneración de la vida pública. Y revelan la frágil cohesión interior de un mosaico de intereses difíciles de aglutinar con la invocación del mantra discrecional del “proyecto”.

En qué lugar quedan instituciones anticorrupción como la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno o la Fiscalía cuando el único costo de dirigentes partidistas o funcionarios es sólo la sanción política. Cuando los casos se cierran sin rendir cuentas con un salvoconducto para operar electoralmente posiciones de grupo como la candidatura de Chihuahua o el exilio dorado de una embajada.

El precio para las instituciones es muy alto, así como para la fuerza y credibilidad del gobierno. La falta de institucionalidad lo debilita frente a exigencias de EU de llevar la seguridad a sus estándares; y que también están detrás de la caída de Adán Augusto por dejar de ser interlocutores válidos para ellos. Aunque para nadie, ni dentro ni fuera, la lucha contra la corrupción haya sido la diferencia.