Muralismo mexicano: mito y esclarecimiento
Precisamente esas palabras son el subtítulo del libro de Eduardo Subirats, en el que analiza sus significados en los principales murales realizados en México durante el siglo XX. Su tarea de esclarecimiento incluye el análisis de las principales obras de José Clemente ...
Precisamente esas palabras son el subtítulo del libro de Eduardo Subirats, en el que analiza sus significados en los principales murales realizados en México durante el siglo XX.
Su tarea de esclarecimiento incluye el análisis de las principales obras de José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Además de hacer un recuento pormenorizado de sus características y aportes artísticos y técnicos, Subirats demuestra que han sido mitificadas o despreciadas en muchas de las monografías que se han publicado.
Varias generaciones hemos recibido esas opiniones subjetivas, que la mayoría de las veces estaban basadas en posiciones ideológicas, y no en una apreciación objetiva de las obras.
Excepciones notables han sido los análisis de Alma Reed sobre Orozco, y de Irene Herner y Raquel Tibol sobre Siqueiros.
En el libro, Subirats revela cómo se ha esquematizado el movimiento artístico más importante del siglo XX en México: “La esencial y ostensible relación del muralismo mexicano con la Revolución de 1910-1917 le ha valido los juicios condenatorios de: nacionalistas, propagandistas, comunistas y totalitaristas por parte de pintores tan distinguidos como Barnett Newman y Rufino Tamayo, de críticos tan ilustres como Octavio Paz y, en último lugar, de la historiografía académica norteamericana ignorando su importancia estética, sus innovaciones formales y técnicas, su radical crítica política y su original visión filosófica y ecológica, de dimensiones auténticamente universales”.
Se ha despreciado el muralismo mexicano por su contenido “ideológico” que —supuestamente— no debe tener una obra de arte. Pero lo que revela Subirats es que ésa también es una postura ideológica anticomunista que, bajo el pretexto de la “pureza” o la “libertad” del artista, promovió obras abstractas sin referencias, como el “estilo internacional” que fue apoyado por Alfred Barr, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Pero lo que enfatiza es que la crítica que en Norteamérica se impuso al muralismo mexicano no sólo fue un prejuicio ideológico, también fue estético, y se impulsó como “expresionismo abstracto”.
Subirats hace un detallado análisis de los murales de Diego Rivera en Nueva York y Detroit, y los de la capilla de la Universidad de Chapingo; que fueron una reflexión sobre la naturaleza, la tierra fecunda, el industrialismo norteamericano y la crisis mundial de 1933.
Menciona que el muralismo en México continuó la tradición de las pinturas prehispánicas, y las coloniales; y que fue en iglesias y escuelas donde se realizaron murales, como los de Rivera, o los del Hospicio Cabañas de Orozco.
En su capítulo más esclarecedor sobre la estética revolucionaria del muralismo mexicano, Subirats analizó sus innovaciones artísticas, temáticas y técnicas; y la reducción —exactamente opuesta— que representó el “expresionismo abstracto”.
Al final de su obra, Subirats analiza los murales de Siqueiros en el Sindicato de Electricistas y su obra en el Polyforum:” que fue la culminación y ocaso del movimiento de integración plástica: un edificio completo cuyo exterior e interiores están cubiertos por murales; algo inédito en México y en el mundo”. (A. Toca, Excélsior, 30-06-2012).
En síntesis, Subirats revela en su libro sobre el muralismo mexicano: “su dimensión experimental, transformadora y revolucionaria, que la crítica artística dominante no ha deseado reconocer”. (Fondo de Cultura Económica, 2018, p. 12 y 144).
