El futuro de la Ciudad de México
En las ciudades, si no se prevé un futuro deseable y posible será muy difícil lograrlo
La capacidad de prever el futuro se asocia a magos y videntes. Sin embargo, en muchas actividades es necesario hacerlo para saber qué acciones se deben tomar, antes de lograr lo que se propone.
En las ciudades, si no se prevé un futuro deseable y posible será muy difícil lograrlo. Por eso, el futuro de nuestra ciudad se debe pensar y definir en el presente. Ése es el propósito del estudio sobre el futuro de la Ciudad de México (Tendencias territoriales determinantes del futuro de la Ciudad de México. CDMX, Conacyt, CentroGeo, 2016), para definir —como se menciona al inicio— algunas recomendaciones al gobierno, con un claro enfoque territorial y una perspectiva metropolitana.
Para poder cumplir con la Agenda 2030 de ONU-Habitat: Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles.
La temática atiende aspectos territoriales, las tendencias y proyecciones demográficas al 2030; la economía y el empleo, con una perspectiva metropolitana; la planeación de una ciudad sustentable, y el gravísimo problema del abasto de agua en el Valle de México.
El propósito de esas recomendaciones es claramente optimista: asegurar el acceso de todas las personas a viviendas y servicios básicos adecuados; proporcionar diversos sistemas de transporte accesibles, seguros y sostenibles; ampliar y mejorar el transporte público y aumentar la capacidad para planificar y gestionar participativamente los asentamientos humanos.
Esas recomendaciones contrastan con algunas tendencias: porque se prevé que —de no actuarse— la superficie urbana en la cuenca del Valle de México pase de 21 por ciento en 2015, a 32 por ciento en 2030, con áreas de deterioro urbano, exclusión social, economía informal, desempleo y subempleo.
Que las áreas de conservación, donde recargan los mantos acuíferos, corren un grave peligro porque se están destruyendo.
Que la actividad económica se concentra más que la población y por eso la ubicación del empleo explica la saturación vial y la enorme cantidad de traslados dentro y alrededor de la Ciudad de México, porque de los 5.1 millones que trabajan, 72 por ciento reside aquí y los otros 1.7 millones que viven fuera de la ciudad invierten entre una y dos horas para ir a su trabajo.
Que la zona metropolitana ya no es compacta y continuará expandiéndose de forma dispersa, y que el resultado no será una urbanización continua, sino fragmentada, donde los servicios urbanos serán cada vez más difíciles de planificar, construir y mantener.
Otro aspecto que ha sido reiterado es que, para lograr un mejor futuro para la zona metropolitana, incluida la Ciudad de México, es básica la cooperación y la superación de las divisiones territoriales y políticas de las autoridades del Estado de México y la Ciudad de México; porque los problemas sólo pueden abordarse eficazmente con la cooperación y participación de esas autoridades y de la sociedad organizada.
El aspecto más difícil de atender, por la importancia de las decisiones que deben tomarse y la magnitud de las inversiones, es la creciente crisis en el abastecimiento de agua en la Zona Metropolitana, que depende de cuatro cuencas hidrológicas que están sobreexplotadas: las del Valle de México, Lerma-Toluca, Cutzamala y de Tula.
Es evidente que para lograr una ciudad inclusiva, segura y sustentable es necesario pasar de las “buenas intenciones”, para que la Ciudad de México y del Estado de México compartan una estrategia que evite que la cuenca del Valle de México se convierta en un ecosistema urbano insustentable.
