Arquitectura moderna en México: mito y olvido
Los dioses y héroes realizan obras que tienen que ser valoradas por los simples mortales
El análisis de la arquitectura moderna en México se ha caracterizado por la abundancia de mitos y de olvidos. Durante mucho tiempo se ha favorecido una interpretación sobre la arquitectura moderna en México que, como toda mitología, tiene dioses y héroes que conforman un “Olimpo” de seres sobrenaturales. Por supuesto, también se propició un grupo de monstruos y villanos a los que se condenó al olvido. En esa mitología todo fue blanco o negro, y no cabían los matices. Los dioses y héroes realizan obras extraordinarias, que tienen que ser reconocidas y valoradas por los simples mortales. Esos reconocimientos se capitalizaron en becas, premios, medallas y —sobre todo— en obras que generosamente se entregaron sin la participación de arquitectos que no formaban parte de ese selecto grupo.
Durante décadas se explicó que en esa jerarquía había tres o cuatro dioses y un reducido número de héroes. Esa jerarquía local era similar a la mitología de “maestros” internacionalmente reconocidos. Cada uno de ellos tenía apóstoles, acólitos y fieles que consideraban un privilegio dedicar sus esfuerzos a glorificar las obras y la figura del “maestro”. Basta revisar los textos de autores como Pevsner o Gideon para comprobar que fueron realizados sin el mínimo rigor objetivo y sirvieron para consagrarlos. Esa labor propagandística tuvo espectaculares efectos tanto en términos sociales como económicos.
Por supuesto, con esas visiones esquemáticas se explicó el surgimiento de la arquitectura moderna, como resultado de la aportación titánica de un selecto número de “maestros” y esa versión se mantuvo durante muchos años. No se mencionaron otras figuras, ni grupos, que, aunque tenían calidad en sus obras, no contaron con el apoyo de algún propagandista. El ejemplo más dramático fue el de los arquitectos soviéticos de la década de los años veinte del siglo XX; y como eran comunistas, rusos y desconocidos, no figuraron en ninguna de las antologías de la arquitectura moderna, y sus obras han sido copiadas sin ningún reconocimiento a sus autores.
En el caso de México ha sucedido algo parecido. Durante décadas se elaboró una mitología en la que había pocos dioses y héroes que administraron su fama para conseguir obras y reconocimiento de gobiernos que actuaron como un “ogro filantrópico” que los otorgaba como premios de buena conducta. Muchos arquitectos fueron ignorados y paulatinamente olvidados por no ser políticamente correctos. El caso más dramático ha sido el de Juan O’Gorman, que realizó obras de enorme calidad en su juventud, que, aunque fueron valoradas en 1937 en Nueva York (Born E. Mexico’s new architecture), en México enfrentó grandes dificultades —por ser comunista— que lo forzaron a dedicarse sólo a la pintura.
El trabajo de rescate de esas figuras y obras olvidadas no ha sido fácil y representa una valiosa contribución a nuestra cultura, en la que predominan los mitos. Curiosamente esa labor de investigación ha sido realizada por algunas mujeres que han publicado obras de gran calidad, desde el trabajo inicial de Esther Born; de Graciela Garay sobre Obregón Santacilia; de Ida Rodríguez, Olga Sáenz y Elizabeth Fuentes sobre Juan O’Gorman; de Louise Noelle sobre Agustín Hernández; de Susanne Dussel sobre Max Cetto; de Martha Olivares sobre Antonio Rivas Mercado; o de Elisa Drago sobre Alfonso Pallares.
Esa labor de rescate —del olvido y de los mitos— amplía y enriquece nuestra cultura.
