Si Molière despertara... (1ra parte)

Los acuerdos no deben ser motivados por ideas egoístas

El más irreprochable de los vicios es hacer el mal por necedad.

Charles Baudelaire

El amor de madre se desarrolla desde que ella sabe que pequeños latidos empiezan a tomar forma al interior de su ser. La conexión de esos dos corazones durará perpetuamente. El ser que se desarrolla en el medio intrauterino será amado, casi siempre, incondicionalmente.

Es prácticamente indestructible, el lazo que se forma entre madre e hijo. Pero ¿qué pensarían nuestras madres si analizaran con ojos justos e imparciales, con transparente y profunda claridad, en lo que nos hemos convertido, nosotros, sus adorados(as) hijos(as)?

Tener la oportunidad de comprobar que los hijos se han convertido en “hombres o mujeres de bien” es prácticamente una aspiración vital de la madre. “Tienes que convertirte en un hombre de bien” fue una frase que llegué a escuchar en mi casa, en la escuela, en conferencias, en la televisión… ¿Qué significa realmente eso?

He escuchado y leído cosas que podrían ser tomadas a bien en Occidente y que son mal vistas en Oriente o viceversa. Es claro que el pegamento de esa diversidad es el respeto. La construcción de acuerdos no debe basarse en la visión personal de alguien, por muy sabia o erudita que sea.

Los verdaderos compromisos se construyen alrededor de una visión en común y con una misión justa y equitativa, donde quepan variadas y multiculturales opiniones. No se puede, no se deben construir acuerdos motivados por ideas egoístas. Por el contrario, misiones y objetivos consensados pueden conducirnos a viajes trascendentes y de largo plazo. La diversidad de pensamientos y talentos es incluso, una gran riqueza al interior de cualquier equipo o proyecto. Nos equivocaremos menos, al tomar en cuenta opiniones con perspectivas divergentes y competencias distintas. Por eso los equipos exitosos son siempre heterogéneos.

De la misma manera, es obvio y sensato decir que por más que uno busque la perfección y el bienestar general, se cometerán errores. Todos nos equivocamos y cometemos pifias. Todos caemos en despistes y llegamos a desorientarnos. Nuestra inmanente imperfección nos lleva a crear absurdos desacuerdos o a hundirnos en faltas y despropósitos.

Tenemos la apreciada y maravillosa libertad de moldear nuestra propia escultura. Somos libres de experimentar la vida como se nos ocurra, pero nadie se escapa de cometer yerros y burradas. Sin embargo, “un hombre sin ética es una bestia salvaje perdida en este mundo”, escribió Albert Camus.

Nuestras madres saben de antemano que los hijos no somos perfectos. Pero ¿tendrán la conciencia de darse cuenta que en alguna parte del camino, sus cachorros han podido perderse...? La debilidad del alma humana es conocida. Las enseñanzas de grandes maestros del planeta así nos lo hacen saber.

Reconocer nuestras debilidades, requiere de humildad, es el primer paso para entender la necesidad de trabajar espiritualmente. No obstante, el satán de la soberbia se aparece y reaparece en incontables ocasiones.

Lo peor, lo pésimo, lo infame, lo más vil, lo más execrable es cuando se apodera de nosotros la hipocresía. Y la utilizamos como instrumento de reflexión y de acción. Jesús sabía de la debilidad del alma humana, por ello, impulsaba la sanación a través del trabajo espiritual. Ante errores cometidos, a propios o extraños, disculparse, meditar, orar, amar y agradecer. Lo que no soportaba era la hipocresía.

En el Evangelio de Lucas (11:43,44) o en el de Mateo (23) llama “sepulcros blanqueados, que por fuera, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia; […] serpientes y generación de víboras” a los fariseos.

Son frases contundentes y lapidarias. Tienen un inequívoco receptor: el hipócrita. Cuando uno asume sus propios errores, deja la soberbia a un lado y trabaja el camino espiritual, es factible que aquellos que, en algún momento, eran vistos como “enemigos, detractores, adversarios y hostiles conocidos”, terminen manifestándose como maestros en el personalísimo recorrido vivencial.

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