La ironía del poder
El poder corrompe rápidamente a quienes lo ejercen sin que los mueva, en primer lugar, el bien público.
El poder no corrompe a los hombres; sin embargo, los tontos, si llegan a una posición de poder, corrompen al poder.
George Bernard Shaw.
Según la RAE, poder, se define como: “Dominio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo”. Lo importante es la etimología de la palabra que proviene del latín potēre, y éste a su vez de posse, que significa “ser capaz”. Sí, pero ¿de qué?
Desde hace varios años existe una decadencia de pensamiento y de acciones en el mundo del poder. Poco hacemos para cuidar la calidad de nuestros pensamientos.
El poder que tenemos para pensar es el inicio del imperio de nuestra libertad. Nuestros pensamientos, se transforman en palabras, que se convierten en nuestra actitud. Ésta a su vez, impulsa nuestras acciones. Y nuestras acciones se convierten en nuestro destino...
Es arduo, y decepcionante, que no lo ejerzamos. Aunque, hay que decirlo, no es nada fácil. Diría Krishnamurti: “El hombre debe ser absoluta e incondicionalmente libre [...] Una de las cosas más difíciles del mundo es ver cualquier cosa de forma simple. Como nuestras mentes son muy complejas, perdimos la cualidad de la simplicidad”.
Muchas veces, somos nosotros los que construimos nuestras propias jaulas. Para desarrollar la libertad, debemos ir primero hacia adentro y aprender de nosotros mismos.
Eso evitará que cualquier personaje con ínfulas mesiánicas nos hable del funesto populismo, de una deplorable polarización, utilizando la execrable posverdad. Y abusando de artimañas y demagogia pura... nos pongan a dudar del camino a seguir.
La verdad, a la larga, es poderosa y prevalece. Pero cuidado con las formas de interpretar, como dice Nietzsche: “Todas las cosas están sujetas a interpretación. La interpretación que prevalezca en un momento dado, es una función del poder y no de la verdad”.
Adquiriendo mayor conciencia, dejaremos de ser prisioneros de manipulaciones de “hombres egoístamente ególatras, aprovechándose del poder – valga la redundancia–.
Cicerón subrayó en su momento: “La ley y el poder no son sinónimos. Los hombres de buena voluntad, atentos a la justicia y a la equidad, deben oponerse a los gobiernos regidos por hombres corruptos e indecentes si desean sobrevivir como nación y harán a un lado al gobierno que intenten administrar justicia según el capricho o el poder de políticos inmorales, funcionarios deshonestos o jueces venales”.
Este pensamiento de Abraham Lincoln es de una lucidez atemporal: “No puedes ayudar a los pobres destruyendo a los ricos. No puedes fortalecer al débil, debilitando al fuerte. No se puede promover la fraternidad del hombre, incitando el odio de clases. No se puede formar el carácter y el valor, mediante la eliminación de la iniciativa e independencia de las personas”.
Hombre carismático, sencillo, y poseedor de una sabiduría vivencial, el ex- presidente uruguayo Pepe Mújica dijo: “Los buenos gobiernos no son los que usan los impuestos de los trabajadores para dárselos a los flojos... Los grandes gobiernos son los que crean las condiciones para que todos tengan trabajo”.
“El rey puede elevar a la nobleza a un hombre, pero no puede hacer de él un caballero”, frase de Edmund Burke que, adaptándola a tiempos más actuales, podría quedar: “La democracia puede elevar al poder a un hombre, pero no puede hacer de él ni un hombre inteligente, ni un estadista”.
El poder corrompe rápidamente a quienes lo ejercen sin que los mueva, en primer lugar, el bien público. La gran ironía del poder —“ser capaz”— es la incapacidad de muchísimos gobiernos para llevar a cabo las tareas más vitales. Y que jefes de Estado no posean la conciencia de que el poder es para servir, ayudar y conducir a sus naciones.
El poder es un medio, un instrumento. No un fin, en sí mismo. La inconsciencia se ha convertido en aberración. Y lo absurdo es que, no importa la cantidad de poder que se pueda detentar. Es efímero.
Como todos los seres vivientes, nadie puede escapar de la clara, absoluta e insalvable mortalidad.
