La prudencia abre caminos a la prosperidad; la insensatez es el derrumbe que nos impide seguir.
Anónimo
El radicalismo político, entendido como la voluntad de llegar a la “raíz” de los problemas sociales y desafiar abiertamente el orden y la sabiduría establecidos, ha sido una fuerza motriz de transformación histórica. Sin embargo, cuando este impulso se cristaliza en un régimen de poder, a menudo conlleva una paradoja fundamental: la búsqueda de un futuro idealizado suele ejecutarse con un profundo déficit de las virtudes prácticas necesarias para sostener una sociedad.
Los regímenes radicales, en su rechazo al statu quo, frecuentemente carecen de prudencia y sensatez institucional, virtudes que la tradición filosófica identifica como esenciales para un gobierno estable y justo. Esta carencia no es un accidente, sino un rasgo estructural que nace de la propia lógica del proyecto radical, llevando a la institucionalización de la imprudencia, con consecuencias predeciblemente desastrosas.
El Libro de los Proverbios establece: “El que es sabio lo demuestra en que piensa bien lo que hace, pero el tonto vive engañado por su propia estupidez”.
Para comprender la falta en estos regímenes, primero debemos definir la prudencia. De acuerdo con Tomás de Aquino, la prudencia es la virtud intelectual que dispone a la razón práctica para discernir el verdadero bien en toda circunstancia y elegir los medios correctos para alcanzarlo. No es mera cautela, sino sabiduría aplicada a la acción. Sus partes integrales, según la tradición clásica y medieval, incluyen:
• Memoria: del conocimiento de la experiencia pasada.
• Inteligencia o entendimiento: de la correcta apreciación de la situación presente.
• Docilidad: la apertura a ser enseñado y aconsejado.
• Sagacidad: la capacidad para descubrir rápidamente medios idóneos.
• Razonamiento: la capacidad de inferir conclusiones prácticas.
• Previsión: la ordenación de la acción hacia un fin bueno.
• Circunspección: la consideración de todas las circunstancias relevantes.
• Cautela: la previsión y evitación de obstáculos y males probables.
“Un hombre sabio busca lo que desea en su interior. El no sabio, lo busca en los demás”. Confucio.
Un gobierno sensato requiere de una institución que encarne y practique estas cualidades de forma colectiva y sistemática. Es la antítesis del gobierno por dogma, por impulso ideológico o por la mera voluntad de poder. Es fundamental en el complejo mundo actual que la prudencia se establezca como una de las principales virtudes gubernamentales.
El radicalismo se define por su posición de oposición a las ideas “aceptadas, establecidas o mayoritarias”. Su fuerza motriz es la ruptura, no la continuidad; la pureza ideológica, no el compromiso práctico. En este marco, las virtudes de la prudencia institucional son vistas con sospecha, pues se asocian con el orden que se busca destruir.
Regímenes como el bolchevique o el nacionalsocialista consideraron la historia anterior como un relato de opresión o decadencia que debía ser superado, no estudiado para extraer lecciones. La “memoria” institucional es reemplazada por un mito fundacional que justifica cualquier medio.
El radical que cree haber alcanzado una verdad fundamental (la lucha de clases, la supremacía racial, la verdad revolucionaria) no es “dócil”; no está abierto a ser enseñado por la experiencia, los técnicos o los disidentes. La circunspección, que pide considerar múltiples circunstancias, es sustituida por la aplicación rígida de la doctrina. Como señala el análisis del radicalismo del siglo XX, estos movimientos priorizaban al “colectivo” (la clase, la raza) sobre el individuo, despreciando las circunstancias particulares en nombre de un universalismo ideológico.
La búsqueda de un horizonte utópico (un mundo sin clases, un Reich milenario) justifica sacrificios presentes extremos y hace parecer mezquinas las consideraciones de cautela. Los obstáculos no son problemas por sortear con cuidado, sino enemigos a aplastar. Esta dinámica convierte la imprudencia en una virtud revolucionaria, donde la audacia temeraria es recompensada y la sensatez, denunciada como contrarrevolucionaria.
