Entropía e implosión de las democracias (primera parte)
Crítico por excelencia de la sociedad de consumo y los medios de comunicación, Jean Baudrillard, sociólogo francés y quien fuera uno de los pensadores contemporáneos más influyentes nos dice que la manera de resistir de la masa es precisamente la de no oponer ...
Crítico por excelencia de la sociedad de consumo y los medios de comunicación, Jean Baudrillard, sociólogo francés y quien fuera uno de los pensadores contemporáneos más influyentes nos dice que la manera de resistir de la masa es precisamente la de no oponer “aparente” resistencia.
Todos los mensajes que llegan del poder son aceptados por la masa, pero de inmediato desviados hacia un código misterioso: la espectacularidad. Todo se convierte en espectáculo: la noticia y la escena política, los intelectuales que practican el talk showy los programas que ofrecen los reality show.
Quizá resulte más fácil aceptar que, con todo ese entramado se tiende una trampa a las masas, pero lo cierto es que el proceso resulta novedoso y, a la vez, enigmático. Así lo muestra Baudrillard, quien se sitúa a favor de los órdenes implosivos, que son precisamente los que están empezando a aparecer.
Si implosionamos ahora es porque no hemos podido controlar ese proceso expansivo de la espectacularidad que nos ha caracterizado y que alcanza dimensiones cercanas a lo catastrófico. Baudrillard llama implosión a la destrucción interior que se produce cuando el mundo se vacía de significado: un proceso de entropía social en virtud del cual se derrumban las fronteras entre realidad e imagen, y se abre el agujero negro del vacío de significación.
La obscena transparencia generada por los mass media, la indiferencia de las masas y la sujeción de lo otro a la tiranía de lo mismo, expresan la implosión de lo social. Alexis de Tocqueville sostenía que la opinión pública tendía hacia la tiranía y que el gobierno de la mayoría podía ser tan opresivo como el gobierno de un déspota. Escritor político y estadista francés, en su libro El Antiguo régimen y la Revolución (1856), escribe: “Tengo por las instituciones democráticas una simpatía cerebral, pero desprecio y temo a la masa”.
La apatía política puede, a veces, convertirse en un signo de comprensión y de tolerancia a la diversidad humana. Puede llegar a ser, incluso, un contrapeso contra dogmáticos y fanáticos, quienes son los peligros reales de una democracia liberal. La libertad, para Tocqueville, representa una fuerza y una pasión que, para al menos una buena parte de los seres humanos, “arraigada en el corazón, es el placer de poder hablar, actuar, respirar sin coacción bajo el mismo gobierno de Dios y de las leyes”, independientemente de sus beneficios.
En la experiencia americana descubre las fortalezas y debilidades del nuevo régimen democrático y la importancia del equilibrio de la moderación del régimen político.
“Sólo tengo una pasión —escribirá—, el amor por la libertad y por la dignidad de la persona humana. Para mí, todas las formas de gobierno no son sino medios, más o menos perfectos, para satisfacer esa santa y legítima pasión del hombre”. En esta frase, está implícito algo esencial para poder comprender la trascendencia del poder público, desde mi punto de vista: todas las formas de gobierno no son sino medios...
La democracia no es un fin en sí misma. Es solamente un medio imperfecto que nos podría o debería ayudar a alcanzar la libertad y la dignidad. Para Tocqueville, las consecuencias de la democracia eran “el materialismo, la mediocridad, la domesticidad y el aislamiento”. No comprendía cómo un régimen así podría favorecer el crecimiento de las grandes individualidades.
Hoy podemos afirmar que el mercado y la democracia han evolucionado para convertirse en una relación fraterna y perversa. Se ha cambiado el despotismo monárquico y oligárquico por el despotismo de la masa. Cicerón lo llamaba el “reino de mediocritas”. O lo que es lo mismo, de la medianía, equivalente a mediocridad.
La aprobación de la multitud es, normalmente, indicio que la cosa va por mal camino. “El vulgo es el peor intérprete de la verdad”, diría Séneca. En una democracia, muy difícilmente es el sabio el que ejercerá el poder. Es más fácil y probable que la gente elija a aquel que más se les parece. Que habla, actúa y piensa como ellos.
