Entropía e implosión de las democracias (2da parte)
En la primera parte, el autor comenta cómo los ciudadanos, a veces no hacen nada ante los procesos que suceden en los gobiernos, porque piensan que son irreversibles o que simplemente pasarán pase lo que pase, sin embargo, dice, esa apatía política puede poner ...
(En la primera parte, el autor comenta cómo los ciudadanos, a veces no hacen nada ante los procesos que suceden en los gobiernos, porque piensan que son irreversibles o que simplemente pasarán pase lo que pase, sin embargo, dice, esa apatía política puede poner seriamente en riesgo a la democracia).
En estos tiempos, ¿vale más la agresividad, la labia, la astucia, el engaño, las mentiras, incluso el carisma, que la competencia, la responsabilidad evidente, la preparación académica y la voluntad de servir?
Esta pregunta retórica me lleva nuevamente a los griegos. El mayor de los males en el ejercicio democrático es la incitación a la ignorancia y a la violencia. Plutarco se declaraba sorprendido de ver que “entre los griegos, los ignorantes decidían”.
Aristófanes hacía reír a la gente al dibujar la caricatura del sistema democrático ironizando: “Dirigir a un pueblo no es un asunto de un hombre instruido y de buenas costumbres, sino de un ignorante y un pillo”.
Los viejos órdenes de lo real: el Estado y la sociedad civil, lo privado y lo público, el individuo y la sociedad, el individuo y las masas, etcétera, han sido desplazados por una inmensa red de pequeñas partículas que gravitan por las grandes redes de los circuitos integrados.
Todas las ideologías que proclamaban la participación, la libre iniciativa, la solidaridad, la igualdad, la libertad eran capaces de hacer creer en los cambios de lo social.
Sin embargo, han ido dejando su sitio a un nuevo orden social donde el ciudadano se libera de la tutela paternalista del Estado y donde la productividad y el cálculo racional han dejado de ser sociales para proliferar diseminándose en los espacios intersticiales de las redes.
Todo ello da expresión a un proceso: la implosión de lo social, cuya fecha de inicio simbólico, Baudrillard detecta en los acontecimientos de mayo del 68.
Aunque los propios revolucionarios no lo supieran, pues eran conscientes de estar desarrollando un movimiento novedoso, pero creían demandar “más socialidad”. De ahí que se mantuviera la formalidad asamblearia.
Así pues, justo en el momento en que se proclaman con intensa vehemencia la autogestión y la participación, fue cuando se comenzó a constatar el desapego de las masas que cobra cuerpo en la noción de “mayoría silenciosa”; cuyas formas de expresión, los sondeos, los referéndums y el bombardeo continuo de test de los medios, no ejercen una función representativa, sino más bien simulativa.
Otra vertiente de la catástrofe de lo social es el exterminio de lo otro, pues el triunfo de la “sociedad de la transparencia” comporta el mayor ataque a la alteridad, cuando se supone que es más factible universalizar el respeto al distinto.
Borges, habla de “los pueblos del espejo” para referirse a todas las formas de la alteridad (la alteridad es un proceso humano de relación basado en la perspectiva que se logra adquirir del otro) que la tradición racionalista occidental habría ido sometiendo a la mismidad del sujeto, condenándolas a éstas a ser “imagen servil, representación y singularidad aniquilada, inmolada al servicio de lo mismo”.
La consecuencia de nuestra “cultura de la asepsia”, de un sistema que apuntando hacia su positivización total logra triunfar en el objetivo de eliminar todo lo que es diferente, de modo que el mal aparece de forma sistemática gracias a un principio de aniquilación de la singularidad.
Desde esta perspectiva, como el sida y el cáncer, los virus informáticos son la alarma catastrófica que nos previene contra una catástrofe mayor: la total universalización de las redes informáticas que harían imposible cualquier intercambio simbólico fuera del orden impuesto por la red.
En palabras de Baudrillard, estamos en “el infierno de lo mismo”. Una vez más ha triunfado la mismidad: “Ha terminado la alteridad bruta, la alteridad dura, la de la raza. La locura, la miseria, la muerte, la alteridad, como todo lo demás, ha caído bajo la ley del mercado, de la oferta y la demanda”.
Para resurgir de la implosión y la entropía social en la que nos encontramos, en un mundo donde la democracia pareciera ser la panacea, debemos de vernos en el otro, como lo dijera Espinosa, e impulsar por sobre todas las cosas, el respeto a la diversidad y a la libertad.
Y a través de la equidad y la justicia, la fuerza profunda del respeto se debería erigir como el ave fénix de nuestra catástrofe humana a la que nos ha llevado el exceso de un sistema enfermo de inconsciencia.
