¿Le gustaría asistir a la Reunión Anual del WEF en Davos? ¿Por qué, y para qué?

¿Qué buscan pues, allá en Davos? ¿Cubrirse con una pátina de globalidad la cual, por más que lo intenten, no cubre su aldeanismo?

Las imágenes, a fuerza de verlas año tras año por estas mismas fechas, a nadie parecen ya sorprender, o siquiera llamar la atención.

Los nuestros, en tropel y ataviados con ropas que los hacen ver, en no pocos casos, ridículos en grado extremo, muestran durante el primer día de actividades, cara de estar interesados; sin embargo, a partir del segundo, los salones semivacíos y el frío al cual no están acostumbrados, junto con los temas que son refritos de lo leído y escuchado durante el año transcurrido desde la reunión anual anterior, cobran la factura correspondiente.

Para el tercer día, si todavía andan por ahí viendo a qué salón se meten para escuchar lo que ya saben, o la nueva avalancha de lugares comunes y sentencias políticamente correctas, ya no pueden ocultar la cara de fastidio, y casi se les sale el grito conocido: ¡Mamá, ya quiero regresar!

¿A qué se va a Davos hoy en día? Es más, ¿quiénes son los que van, y qué buscan encontrar en esa reunión donde, miles de personas se reparten en decenas o centenas de reuniones que, las más de las veces, sólo despiertan el interés de audiencias minúsculas?

Al margen de las respuestas que a esas preguntas pudiere uno dar, asista o no a Davos, hay que reconocer que entre todos los asistentes, hay un pequeño grupo que es el que más interés muestra por participar y para hacerlo, no duda en pagar cantidades abultadas de dólares las cuales, como es fácil de entender, ellos no aportan. Este grupo está integrado, casi en su totalidad, por gobernantes y funcionarios de países como el nuestro donde, sin el menor análisis de la utilidad de su asistencia, le adjudican a la visita a dicho foro, virtudes y poderes mágicos.

No obstante los magros resultados obtenidos —si los hubiera habido—, a un costo altísimo para el erario respectivo, los gobernantes y su séquito faraónico, siguen asistiendo. ¿Por qué, para qué? ¿Qué piensan obtener de esas reuniones que organiza, con gran éxito económico, el hábil señor Schwab? ¿Qué buscan pues, allá en Davos? ¿Cubrirse con una pátina de globalidad la cual, por más que lo intenten, no cubre su aldeanismo?

¿Acaso aceptan como axioma lo que les venden sus allegados quienes, para inflarles el ego, les dicen que con sus participaciones, las más ante una audiencia minúscula, obtendrán la popularidad y reconocimiento que en sus países el ciudadano les regatea?

Lo más interesante de todo esto, es que a la fecha, ningún gobierno —del presidente Salinas para acá—, ha evaluado seriamente la utilidad para el país, de la asistencia a la reunión anual del Foro Económico Mundial, en Davos. Digo Davos porque, ese negocito del Foro, realiza varias reuniones regionales al año por las cuales, también, obtiene abultadas utilidades.

Por otra parte, si a usted le ofrecieren formar parte de la comitiva que acompañará a nuestro Presidente a la próxima reunión anual en Davos, ¿aceptaría? ¿De ir, qué esperaría encontrar, que no pudiere obtener desde, y en México?

De colarse pues, ¿se atrevería a hacer una evaluación de su visita, y de la utilidad que habría representado para el desarrollo del país? En caso de concluir que para nada sirve ir a esa reunión, ¿lo diría públicamente?

Ojalá, de ser afirmativa su respuesta, fuere de invitado el año 2017 porque, de los cientos de funcionarios e invitados que han ido, ninguno se ha atrevido a realizar una evaluación objetiva de nuestra participación, y menos aún, a compartirla.

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