Mientras las cosas afuera se siguen complicando, ¿qué hacemos aquí? Vernos el ombligo
Vemos con placer sólo hacia adentro, pues rechazamos lo ajeno.
En aquellos años del dorado autoritarismo y la economía cerrada, todo era felicidad en México; aquí la economía crecía —nadie se ha atrevido a decir a qué precio, y cuáles fueron las consecuencias de no haber entendido que debíamos cambiar y mucho menos, cuándo debimos hacerlo—, pero sin cambiar; hacíamos lo mismo de la misma forma pero más mucho mientras que afuera, el progreso y ver hacia el futuro era la regla.
Vivíamos aislados, casi en todos sentidos, del resto del mundo; unos pocos, privilegiados entre los privilegiados, tenían la oportunidad de viajar a otros países y ver lo que allá estaba sucediendo. Sin embargo, al comparar lo que en esas latitudes se requería para disfrutar ese cambio con lo que en México debían pagar para obtener casi lo mismo, nada hacían para que avanzáramos y al final del día, todo seguía igual; al menos, aparentemente.
La renuencia al cambio en su debida oportunidad, y la corrupción que embrutece y glorifica el status quo, cobraron la factura; vino la debacle, y nos encontramos ante un mundo que había cambiado en todos sentidos y México, por el contrario, se debatía en el pasado.
Al mismo tiempo, la economía y la política y la sociedad en su conjunto, como producto de aquella perversa mentalidad aislacionista que privilegió por decenios la inmovilidad y rechazó lo nuevo y ajeno, nos llevó a fines de los años 80 del siglo pasado, a la debacle que a todos agarró por sorpresa. Cuando eso sucedió, a fines de los años 80, México vivía, en el mejor de los casos, 30 años atrás.
Nuestra visión del mundo y el desarrollo, y la ignorancia de lo que debía hacerse para crecer a tasas altas durante períodos prolongados, nos convirtió en parias en materia de búsqueda de las soluciones a los problemas estructurales de nuestra economía.
Me atrevería a decir incluso, que el solo hecho de plantear la necesidad de discutir las transformaciones estructurales que tenían lugar en el mundo era visto, por la intelligentsia o los intelectuales si lo prefiere, como una herejía que traicionaba la esencia patria.
Hoy, no obstante haber abierto la economía como única salida para preservar la viabilidad del país en 1987, seguimos, en no pocos aspectos de lo que pensamos del desarrollo y de lo que debemos hacer para crecer, como si estuviéremos viviendo en los años dorados años del sexto o séptimo decenio del Siglo XX.
Despreciamos lo que pasa afuera; seguimos viéndonos el ombligo como reflejo de esa visión endógena que tanto daño causó, y aún nos causa. Vemos con placer sólo hacia adentro, pues rechazamos lo ajeno ya que como México no hay dos.
Nuestra mentalidad, impermeable a los cambios, nos lleva a pensar que nada de lo que afuera se registra es capaz de afectarnos; es más, no son pocos los que afirman —con una seriedad que a algunos hace flaquear en su comprensión de los cambios estructurales registrados en el país desde fines de los años 80 del siglo pasado, que lo mejor que podría pasarnos, es regresar a esas épocas.
Mientras que afuera las cosas siguen complicándose, aquí seguimos viéndonos el ombligo; no importa que la realidad nos demuestre que lo que suceda afuera tiene efectos casi inmediatos entre nosotros, nosotros como el Pilón, como si nada. Esa mentalidad, producto de decenios de aislamiento, nos ata al pasado; afuera los cambios siguen y aquí, en vez de ver al futuro, más adoramos el pasado.
Pobre México.
