Sin maquillaje/ arlamont@msn.com/ 9 de abril de 2026

Alfredo La Mont III

Alfredo La Mont III

Sin Maquillaje

LA LAVADA

Quisiera pedirle si puede escribir en su columna estos consejos que me dio mi dermatólogo durante mi última visita. Se refiere a que, aparte de vigilar nuestro cuerpo, también debemos vigilar cómo nos lavamos, y ciertos “sitios” que regularmente olvidamos.

R. Con un poco de libertad editorial, aquí está la lista que me envió, gracias:

Los rincones del cuerpo que olvidamos lavar (y que luego se vengan):

Detrás de las orejas. Ese pequeño barrio olvidado donde se mudan el sudor, la grasa y medio litro de gel para el cabello. Si no lo lavas, empieza a oler como si tuviera vida propia.

El ombligo. Un agujero negro personal. Ahí desaparecen sudor, pelusas y, en casos avanzados, la dignidad. Una pasada rápida evita que se convierta en ecosistema autónomo.

La nuca y la línea del cabello. La zona VIP del sudor. Recibe perfume, protector solar y contaminación… y aun así la ignoramos como si no fuera parte del cuerpo.

Debajo de las uñas. Tus manos pueden estar limpias, pero debajo de las uñas vive una comunidad que paga renta desde hace años. Un cepillito y listo.

Detrás de las rodillas. El Airbnb favorito del sudor. Nadie lo recuerda hasta que hace calor y la piel protesta.

Entre los dedos de los pies. Si no lo lavas y secas bien, ahí se organiza un festival de hongos con invitación abierta.

El cuero cabelludo. Lavamos el pelo, sí, pero el cuero cabelludo queda ahí, esperando que alguien lo masajee para sacar la grasa y las células muertas. Pide muy poco.

La espalda (especialmente la parte media). La zona que todos fingimos que sí alcanzamos. Spoiler: no la alcanzamos. Una esponja con mango salva reputaciones.

Los pliegues de la piel. Debajo del pecho, en el abdomen… lugares donde el sudor se siente tan cómodo que casi pide almohada.

LA PASTA

Señor La Mont, a todos nos gusta un buen plato de pasta, ¿pero, en realidad, ésta es buena para la salud?

R. Depende a quién le pregunte. Para algunos, la pasta es el villano perfecto: blanca, seductora, llena de carbohidratos y culpable de todos los males modernos, desde la flojera hasta el botón que ya no cierra. Pero la ciencia —ésa aguafiestas— insiste en arruinar el drama: la pasta, por sí sola, no es el enemigo. De hecho, su estructura hace que se absorba más lento que otros carbohidratos refinados, y cuando es integral, aporta fibra, minerales y una saciedad que ningún snack “saludable” en empaque verde puede igualar. El problema no es la pasta: somos nosotros, con nuestras montañas de fettuccine y océanos de salsa cremosa. La pasta funciona cuando la tratamos con respeto: una porción razonable, verduras que no sean de adorno y una proteína que no venga nadando en grasa. Incluso para quienes vigilan el azúcar, la pasta integral o de legumbres puede ser aliada si se combina con fibra y proteína.

La conclusión es incómoda: la pasta no engorda, no enferma y no conspira contra nadie. Lo que sí hace es revelar nuestros excesos. Y eso, claro, es más difícil de aceptar que culpar a un espagueti.

DEPRIMIDOS

En comparación con otros países con culturas similares, ¿qué tan deprimidos vivimos los mexicanos?

R. Datos de estudios recientes del Visual Capitalist sobre la depresión en América Latina, muestra que no todos los países de la región enfrentan el mismo nivel de sufrimiento emocional. A partir de datos de 2023, ordena a los países según la proporción de personas que viven con depresión, medida como porcentaje de la población que cumple criterios clínicos de este trastorno. Esto permite comparar realidades sociales muy distintas dentro de un mismo continente y entender dónde la carga de la depresión es mayor o menor. En el extremo superior del ranking aparecen Chile, Argentina y República Dominicana, que concentran las tasas más altas de depresión reportada y, por lo tanto, una mayor proporción de personas afectadas. En el lado opuesto se encuentran Bolivia, México y Colombia, ubicados entre los tres últimos lugares, con prevalencias significativamente más bajas que las de los países punteros. Esta posición sugiere que, en comparación con buena parte de la región, una menor fracción de la población mexicana cumple los criterios clínicos de depresión, aunque el problema sigue siendo relevante desde la perspectiva de la salud pública y refleja tensiones sociales, económicas y de acceso a la atención que no pueden ignorarse.